“Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.”
Juan 14:23 RVR1960
El ser humano puede llegar a ser pródigo en manifestaciones de afecto, y tratar de manera desmedida demostrar qué tan importante es la otra persona. Desde pequeños detalles hasta gastos exagerados, todo se pone en función de hacer entender que tanto se aprecia a alguien más. Esto puede expresarse no solo por la pareja, sino por la familia, los padres, hijos, hermanos, amigos, entre muchos otros. Existen muchas expresiones de amor, sin embargo, la obediencia nunca es incluida dentro de estas.
En este pasaje del Evangelio según Juan, Jesús dice a los discípulos: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. Contrario a lo que sucede en las relaciones humanas, en las que el afecto y exceso de confianza provoca que se caiga en faltas de respeto y desobediencia, acá Cristo establece una relación entre el amor y la obediencia. La manera de demostrar amor es obedecer, y hacerlo ocasionará una respuesta también en Dios, que permitirá que sea revelado a nosotros como un Padre celestial, teniendo una permanencia eterna en nuestras vidas. Muchas personas llaman Papá a Dios, pero ¿le obedecen? ¿Acaso tienen el permiso y el amor de Dios verdaderamente? Suele suceder que no tenemos buena relación con Él, no le amamos ni obedecemos, pero queremos tratarle de manera íntima.
Son muchas las maneras en las que Dios nos ama, y lo demuestra con su cuidado, provisión, perdón, misericordia, entre otras. Del mismo modo, pide que demostremos que lo amamos de varias maneras, pero la más importante es la obediencia. Es bueno darse cuenta que no obedecemos por obligación, sino como manifestación de amor hacia aquel que nos amó primero, y está dispuesto a tener una relación cercana con nosotros, que perdure por la eternidad.
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