“Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.”
Isaías 40:29 RVR1960
Cuando nos sometemos a un esfuerzo físico al que no estamos acostumbrados, terminamos totalmente agotados. Durante el período en el que hacemos las cosas, solo deseamos que termine pronto el día, y podamos llegar a casa y descansar. Si ha sido muy intenso, al bañarnos, sentimos un sueño intenso, nuestro cuerpo trata de recuperarse los más pronto posible y a veces ni queremos comer nada, solo dormir.
Esta experiencia suele sentirse también cuando tenemos un gran esfuerzo mental. Después de algo que requiere mucha concentración por nuestra parte, o estamos sometidos a mucho estrés, solo queremos dormir después que ya todo está resuelto. Pero en la vida, por momentos, nos vemos frente a situaciones que se prolongan en el tiempo, y no tenemos modo de relajar nuestra mente, las preocupaciones nos invaden y sentimos una opresión sobre nosotros que no afloja, que casi ahoga. En esos momentos, necesitamos alguien en quien poder apoyarnos, que nos ayude a soportar esa carga y seguir adelante. El profeta Isaías escribe: Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Dios da vigor y nos robustece cuando estamos cansados, y aunque aparentemente hay una paradoja, pues si no tenemos ninguna fuerza, ¿cómo podría multiplicarlas? Pero es Su fuerza la que es imbuida en nosotros, de modo que en Él ganamos fuerzas muy por encima de las nuestras.
En los momentos de desaliento, desesperanza, agotamiento, y que creemos que ya no podemos más, Dios siempre está ahí, dispuesto a fortalecernos y ayudarnos. Si confiamos en Él y lo involucramos en nuestros asuntos, tendremos un socorro perfecto, que nos dará la mejor salida a cualquiera de las situaciones que enfrentemos. Confiemos en Él.
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