“que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,”
Tito 2:4 RVR1960
La familia es la célula base de la sociedad. En ella se gestan los hombres y mujeres de bien del mañana, y contribuye de forma activa a la estabilidad y funcionamiento adecuado de toda una nación, incidiendo en el crecimiento de la misma, en los valores morales existentes y otros factores decisivos para el desarrollo de un país. Pero hay roles definidos para cada miembro de la familia, como modelo a pequeña escala de lo que sucede en la dirección de una nación, y cada quien tiene una función que cumplir para tener un ambiente familiar sano.
En esto la mujer juega un papel fundamental. Ella es la base y estructura de la familia, el aglutinante que une al esposo y los hijos, lo que permite que podamos llamar a una casa hogar. Pero en ella también está la capacidad de que exista paz y concordia entre los miembros. El principio básico que tiene que existir es el amor. Vemos en el este pasaje que Pablo escribe a las ancianas aconsejándoles: que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos. La manera de hacerlo es mediante la prudencia, ser hacedoras de bien, entendiendo que el esposo y los hijos son su nueva familia, y cuidándolos como su bien más preciado, con sujeción por amor, y dando testimonio de Dios con su conducta acorde a una mujer casada. Al apartar la rencilla, la insolencia y la mezquindad entre los dos adultos, puede transitarse por la vida en armonía y concordia.
En manos de la mujer está la tranquilidad del hogar. El cabeza de familia debe cumplir con su papel también, y entre los dos ser capaces de construir esta nueva célula que revitaliza y trae salud a la sociedad, bajo la guía de Dios y con la presencia de amor, inculcado no como tradición oral, sino como ejemplo ante cada uno de sus miembros. ¡Dios te bendiga!
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