“No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.”
Filipenses 4:11 RVR1960
El ser humano, mientras va desarrollándose como individuo, se establece objetivos de vida, y cuáles son las cosas que quiere lograr para sentirse una persona que ha triunfado. Sean logros académicos, laborales, personales, estos hacen que se tenga mayor apreciación de uno mismo. Mientras el camino que nos hemos trazado vaya conforme queremos, nos sentiremos bien, pero apenas las dificultades impidan que alcancemos nuestras metas, se afectará nuestro ánimo y nuestra percepción de las cosas.
Ser capaz de obtener un sueldo que cubra nuestras necesidades de alimentos, ropa, calzado, transportación, y que nuestra familia sea bien atendida es otro elemento que se tiene en cuenta. Obtener un ascenso y que se sea justos en la evaluación de nuestro desempeño, ser reconocidos por nuestro círculo de amistades, y en el ámbito laboral, muchas son las cosas que pueden tenerse en cuenta. Cuando esto no va acorde a los planes, nos sentimos mal. Nos parece que nada tiene sentido, nos deprimimos y nos decepciona todo, volviéndonos irritables. A los cristianos les sucede algo similar, y podemos llegar hasta a enfriar nuestra relación con Dios.
El apóstol Pablo habla, en esta porción, que agradece a los hermanos que cuidaban de él, no porque tuviera escasez, pues había aprendido a contentarse, cualquiera que fuera su situación. Como ya hemos hablado anteriormente, él era un hombre que vivió en una posición acomodada. ¿Qué lo hace tener esta forma de ver la vida, si ahora dependía de otros para su sustento? Él sabía que estaba cumpliendo con una tarea importante, aun siendo anciano. Sus ojos estaban puestos en el reino celestial, no en las cosas materiales. Su objetivo era servir a Dios, y como obrero sabía que independientemente de la situación en que se encontrara, el Todopoderoso lo sustentaría. Teniendo esta seguridad, en medio de prisiones, largos trayectos entre ciudades, persecución, y todo tipo de vicisitudes, no perdía la alegría.
Así debemos comportarnos nosotros. No podemos permitir que, si algo no sucede como queremos, perdamos nuestra alegría. Nuestras metas y objetivos personales no pueden hacernos perder de vista nuestra función en el reino de Dios, y no podemos olvidar que Él es nuestro sustentador, que nuestra esperanza está puesta en Su nombre y Sus promesas. Y de este modo, no va a importar qué sale mal, qué no sucede como queremos, y seremos capaces de tener paz y ecuanimidad independientemente de las situaciones.
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