“Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo”
Isaías 1:16 RVR1960
El ser humano se alejó de Dios cuando desobedeció. Sin embargo, Él siempre ha buscado restaurar la relación que tenía con el hombre. Pero no importa lo que hiciera, la rebeldía y el pecado, como parte de nuestra naturaleza, siempre han afectado la comunión que debería existir. El pueblo de Israel, aun cuando veía la gloria del Todopoderoso manifestarse, continuaba desobedeciendo una y otra vez, practicando el pecado y haciendo el mal.
Mediante el profeta Isaías, Dios les dice: lávense y límpiense; quiten la iniquidad de sus obras de delante de Mis ojos; dejen de hacer lo malo. Esta porción también es para nosotros en la actualidad. Pero a una persona le es imposible lavarse y limpiarse por sí sola del pecado. Y cuando lo intentase, entonces comprendería que necesita al Altísimo, que está dispuesto a intervenir en nuestro favor. Dice que dejemos de hacer obras perversas delante del Creador, y que no hagamos más el mal. En esto también es necesaria la participación divina. Solos no podemos, pues nuestra naturaleza nos lleva a pecar. Posteriormente nos dice que cuando estemos a cuenta, si nuestros pecados son como la grana, serían emblanquecidos como la nieve; y si fueren rojos como el carmesí, vendrían a ser blancos como la lana.
Dios está dispuesto a perdonarnos, a dejar el contador de nuestros pecados en cero y tener comunión con nosotros. Está en nuestras manos dejar de pecar, reconocer nuestras fallas, arrepentirnos, ser receptivos, obedientes y escuchar Su voz, para, de este modo, disfrutar de las bendiciones que Él tiene para nosotros. Ser amigos del mundo solo trae muerte, pero ser amigos de Dios trae vida. La elección es nuestra.
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