“Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.”
Romanos 15:2 RVR1960
Los seres humanos vivimos en una sociedad de consumo. Se producen a diario grandes cantidades de objetos, algunos necesarios y otros no tanto, dedicados a las demandas de las personas. Una de las características de estos artículos es que deben ser remplazados en el plazo de un año o dos, por otro modelo superior y con mejores prestaciones. Como estrategia de marketing, se centra la atención en lo que quiere el cliente: este es el más importante, su opinión cuenta, y su satisfacción lo primordial.
Gradualmente se torna el “yo” como lo más importante, y este enfoque se refuerza con todos los medios de comunicaciones que siguen esta proyección. Tristemente, por esta saturación, hemos ido olvidando que las personas alrededor también importan. Valores como el altruismo son cada vez más raros.
Este “yoísmo” ha impactado también en el cristianismo. Algunos hermanos llegan a considerar que satisfacer sus necesidades o demandas es lo más importante. Sea por antigüedad, por algún cargo, por estudios teológicos, a veces se centra tanto la atención en uno mismo que podemos hacer tropezar a los que nos rodean.
El apóstol Pablo escribe algo que no debemos perder de vista: agrada a tu prójimo en lo que es bueno. ¿Quién es este prójimo? Es un cristiano que lleva poco tiempo en el Evangelio, es una persona inconversa, es un miembro de la familia que no conoce a Cristo, es un hermano apartado de Dios. Hay muchas personas a las que esta palabra puede aplicársele. Pero dice que hagamos algo que lo haga sentir bien, no que le complazcamos en cualquier antojo, sino en lo que es bueno. En buenas obras. En actos que produzcan un beneficio, pero un bien para edificación. Algo que agregue firmeza, convicciones, testimonio de amor cristiano, fe, que seamos ejemplo y hagamos con esta persona lo que antes hizo Cristo por nosotros.
¿Qué te parece? ¿Hacemos hoy un acto agradable para edificación?
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