No amen al mundo

    “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.”

    1 Juan 2:15 RVR1960

    El ser humano es muy dado a las costumbres y tradiciones. Mientras nos hacemos mayores, más arraigados somos a ellas. Ser capaz de apartarse de prácticas que hemos hecho durante toda nuestra vida y que siempre hemos visto como normales es algo difícil. Y por este período pasa cada persona que se convierte a Cristo y debe abandonar comportamientos que son pecaminosos. Algunos tratan de mantener una doble permanencia en las cosas de Dios y las del mundo, sin percatarse que se encuentran en una trampa que gradualmente va envolviéndolos, hasta que les cuesta la salvación.

    En este pasaje, Juan escribe a los cristianos que vivían más allá del Éufrates, en el territorio de los partos, acerca de las posibles tentaciones y tendencia a mantener las costumbres que se mantenían antes de su conversión espiritual. Les dice: No amen al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Los placeres que embriagan a las personas y los arrastran a vicios, excesos, y enajenación son creados por el maligno para distraer y apartar a la humanidad de Dios. También los afanes, ambiciones, y desenfreno son obtenidas por el amor a las cosas del mundo. Lo que ofrece está orientado a la esclavitud del pecado, corrupción y la muerte. Dios, por su parte, ofrece libertad, salvación y vida, dando la alternativa de vivir plenamente, pero con mesura, con dominio propio, no sujetos a nuestros deseos más bajos.

    Siempre existirá una pugna entre nuestro espíritu y nuestro cuerpo, uno que busca lo eterno, y el otro que nos arrastra a pecar. Por un lado, el primero nos lleva a amar a Dios, mientras que el otro quiere arrastrarnos a los placeres del mundo. Lo que es importante saber es que no podemos estar en los dos bandos. Debemos decidir entre Dios y el mundo, uno que nos dará salvación y vida eterna, mientras el otro condenación y castigo. Pero cuando escojamos, hacerlo con firmeza y decididos a no retroceder, apoyados en la guía y ayuda del Espíritu Santo.

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