“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
Mateo 24:42 RVR1960
La esperanza de vida es el cálculo estadístico de la media de años que vive una determinada población. Sus valores, en países de primer mundo, son de 77 a 80 años de vida, mientras que, en países subdesarrollados y en extrema pobreza, de 40 años o menos. Las personas, conocedoras de estas cifras, planifican sus vidas, o como hace la gran mayoría, las dejan pasar hasta una determinada edad, en la que comienzan a preocuparse por que han hecho a lo largo de sus existencias. Sin embargo, siempre se considera optimistamente que, si la esperanza de vida de mi país es 77 años, viviremos 80 o más. Olvidamos la ocurrencia de accidentes fatales, enfermedades asociadas a nuestro estilo de vida o y eventos extraordinarios que escapan a nuestras planificaciones.
Aunque una gran mayoría no cree en Dios, hay muchos que posponen hasta el final de sus días la posibilidad de reconciliarse con el Altísimo, creyendo que podrán vivir y disfrutar sin ningún tipo de mesura ni límite. También muchos cristianos mantienen prácticas pecaminosas creyendo que habrá tiempo para reconciliarse con el Todopoderoso, y se han acomodado entre la iglesia y el mundo, de tal modo que no es fácil distinguir si se es un creyente o no. Todos estos tienen existencias relajadas, y tranquilas, olvidando el rapto de la iglesia, hecho profetizado en varios lugares de la Biblia y que nos recuerda Cristo en el Evangelio de Mateo al decir: Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Muchos eventos tendrán lugar cuando Jesús regrese. Ya no vendrá como alguien pacífico, predicando y haciendo milagros para la conversión de miles. Vendrá a tratar con los impíos. Pero la iglesia será levantada antes, y no habrá tiempo para orar o arrepentirse.
No tenemos certeza de que sucederá mañana, ni siquiera el minuto siguiente. No podemos seguir dormidos, debemos estar preparados y a cuentas con Dios. A los que no lo han hecho, es hora de reconciliarse con el Creador. A los que han pecado, arrepentirse y evitar caer nuevamente. A los que hacen las cosas sabiendo que está mal, apartarse de esa práctica y ponerse a cuentas con el Altísimo. Estemos listos y velando, para que no nos quedemos mientras la iglesia es levantada.
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