“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.”
Filipenses 2:5 RVR1960
Cuando vamos a un servicio en el templo, sea el de escuela dominical o cualquier otro que se realice en la semana, nos ponemos la mejor ropa para ir. Nos arreglamos adecuadamente y vamos con nuestras mejores galas. Algunos escogen su ropita menos deteriorada y la guardan para estar delante de Dios lo más presentables posibles. Otros seleccionan la más ostentosa que tienen para que las personas vean lo bien que se visten. Y más que adorar al Altísimo, se ha vuelto el lugar donde exhibir el estatus económico o social.
Cada vez menos personas en la iglesia miran a su alrededor y son movidos a compasión, deseosos de ayudar a los menos favorecidos. Tampoco existe la prudencia de no llevar la ropa más llamativa o de última moda, para evitar ser piedra de tropiezo para los que no tienen la misma solvencia que ellos. Nos encontramos en la casa de Dios con altivez, haciendo acepción de personas, y cada quien tratando de garantizar lo suyo propio, a veces, sintiéndonos superiores a los demás por determinadas condiciones de vida que podemos tener. Es por eso que el apóstol Pablo hace un llamado a los creyentes de Filipos, y es también aplicable a nosotros, al decir: Haya en ustedes este sentir que hubo también en Cristo Jesús. Continúa diciendo que el Mesías no estimó el ser igual a Dios para despojarse de su naturaleza divina, venir como humano a servirnos a nosotros pecadores, y a morir de la forma más humillante posible, en la cruz.
No somos mejores que Cristo. Vivamos con humildad, porque Dios nos ha llamado a que tengamos a los demás como superiores a nosotros, que mostremos amor por el prójimo, que lloremos con los que lloran. Formamos parte de un cuerpo, y nadie es mejor que otro, por el contrario, todo lo que tenemos es para edificación de los hermanos, no para beneficio propio. Dios nos transforme para que podamos tener el sentir de Cristo en nuestras vidas. ¡El Señor te bendiga!
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