“y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.”
1 Corintios 1:28 RVR1960
En muchas oportunidades sentimos que merecemos más, debe tratársenos mejor y deben tener mayores consideraciones con nosotros por nuestra preparación o nuestras condiciones. Las personas con determinadas profesiones, muchos estudios, con títulos de máster en ciencias o doctores en ciencias se sienten infalibles y que sus opiniones son incuestionables, llegando hasta a humillar a los demás. Los cristianos que tienen tiempo asistiendo a un templo, sienten que son superiores a los que menos años llevan. De ese modo, la autocomplacencia y envanecimiento se establece en nosotros porque nos suponemos mejores.
En tiempos de Cristo, los fariseos se sentían por encima del resto de los israelitas. Se enorgullecían de su conocimiento de la ley, de saber de memoria los textos, de hacer oraciones con palabras rebuscadas, de ser celosos veladores de las prácticas judaicas y de su erudición. Sin embargo, ellos no fueron escogidos para que de su seno naciese el Hijo de Dios, ni como parte de los doce discípulos, y, más que otra cosa, eran opositores y los que perseguían a Cristo. Pablo escribe: y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es. Jesús vino con pescadores, publicanos, personas de bajo nivel entre el pueblo, y sanó y libró a leprosos, mendigos y endemoniados, volviéndose ellos los que llevaban a otros las señales que hacía. Mujeres, niños, pobres, ancianos, todo lo que la sociedad rechazaba fue acogido por Él y a ellos fue dada la predicación del nuevo Evangelio de Salvación. Y fueron usadas personas de humilde procedencia como piedra angular para que cambiaran todo lo se creía por parte de los grandes estudiosos. Y a lo largo del registro bíblico, escogió a los que nadie tenía en cuenta para hacer temblar grandes reinados o ejércitos.
Dios no escoge personas arrogantes que luego puedan jactarse de su preparación, sino a aquellos que demuestran humildad y que, aunque estudien y ganen posición y poder, nunca olviden su naturaleza humilde y que dependen del Altísimo. Revisemos nuestra proyección ante los demás y en el templo, no sea que nuestra arrogancia termine desagradando a Dios y seamos desechados. ¡El Señor te bendiga!
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