La nación de Dios

    “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí.”

    Salmos 33:12 RVR1960

    A lo largo de la historia han existido disimiles naciones hasta la actualidad. Y en su búsqueda de llenar el vacío espiritual creado por la caída del hombre de la gracia de Dios, han acudido a diversos dioses, desde los paganos que requerían sacrificios humanos, pasando por la divinización de sus líderes, hasta a adorar el dinero. Cada uno de estos tenía demandas cada vez más difíciles que debían cubrirse, y siendo respaldados por demonios o ejércitos, provocaban que el pueblo entero estuviera sometido al temor y prácticas aborrecibles.

    Para tratar de agradar a determinados dioses, se sacrificaron niños, mujeres y hombres. Pero para satisfacer el culto al dinero y el poder, sacrificamos aun la propia naturaleza humana, y llegamos a comportarnos como fieras, saltando cada quien a las gargantas de los otros, en el afán de escalar posiciones. Los gobiernos confían en su propia sabiduría, sin percibir que son ciegos dando tumbos y marionetas de demonios, y así causan muerte, miseria, y atraen la ira de Dios.  Sin embargo, dice el salmista: Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí. Aun con sus rebeliones, la nación de Israel tuvo victoria en batallas contra enemigos más poderosos que ellos, solo por contar con el Altísimo. Prosperaron, fueron elegidos y vieron la magnificencia y el esplendor del Todopoderoso.

    Pero otra nación surgió después, la de los hijos de Dios, compuesta por diversos orígenes y países. Somos bienaventurados de contarnos entre ellos y coherederos del Reino. La diferencia entre los que tienen a Dios y los que no, es como del día a la noche más oscura. Elige pertenecer a la nación santa. ¡El Señor te bendiga!

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