El que se enaltece y el que se humilla

    “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

    Mateo 23:12 RVR1960

    Suele decirse que uno no debe hablar de sus logros, sino que debe dejar que los demás sean los que hablen de ellos, si los hay. Es frecuente ver personas autoexaltándose, hablando de lo magníficos e increíbles que son, y mostrando una imagen de suficiencia a otros cuando realmente no es así el asunto. Tras alguien que trata de engrandecerse todo el tiempo encontramos realmente a un individuo con carencias, con baja autoestima o con características exactamente contrarias a las que proclama. Pero también los hay que muestran una imagen deslumbrante para ocultar su propia oscuridad.

    No es solamente en el entorno social y laboral que es perceptible estos comportamientos, sino también en la iglesia. A algunos cristianos les gusta pararse en lugares en el que puedan ser claramente visibles y levantar sus manos bien en alto mientras oran, o se arrodillan delante de todos al hacerlo, buscan palabras rebuscadas para hablar con Dios ante la congregación, se muestran sufridos al ayunar, ofrendan de modo en que se vea cuanto están dando, o lloran con grandes signos de quebrantamiento, y tratan de hacer alarde de sabiduría para ser reconocidos, todo un espectáculo dirigido al resto de los hermanos para que vean lo espirituales que son y tratando de crecer en importancia para ganar puestos y cargos. Lo que los motiva no es el amor a Dios y sus ganas de servirle, sino que la congregación los admire e identifique como espirituales. Y el final de estos es ser humillados, como dice Cristo en el evangelio según Mateo: Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

    Nuestra proyección no debe ser la de querer demostrar ninguna superioridad, ni por estudios, ni por antigüedad; debe ser humillarnos ante Dios y nuestro prójimo, teniendo a todos por superiores a nosotros y estar dispuestos a servirles genuinamente. Así, mas que aceptación por los hombres, tendremos la de Dios. ¡El Señor te bendiga!

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