Tu fe te ha sanado

    “Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.”

    Marcos 5:34 RVR1960

    No hay persona que pueda decir que no ha enfermado nunca. Las enfermedades están estrechamente unidas a la vida, puesto que vivimos en un entorno adverso, con disímiles bacterias, virus y microorganismos en general que causan malestar y enfermedades, casi todas mortales. Por demás, nuestro propio organismo puede llegar a atentar contra nosotros, y podemos tener padecimientos renales, autoinmunes, mentales, óseos, musculares, entre muchos otros.

    Nuestro primer impulso al sentirnos mal es acudir al médico, los cuales pueden dar o no una solución a nuestro malestar. Solo cuando la respuesta es negativa, acudimos a cualquier otro modo de solución, normalmente erróneo. Por último, cuando todo falla, nos volvemos a Dios. Tristemente este comportamiento es frecuente hasta en los cristianos. En el contexto de este pasaje, vemos que una mujer padecía flujos de sangre desde hacía doce años ya. Había acudido a médicos que no habían podido curar su afección, pero había gastado todo cuanto tenía en ello (Marcos 5:25-26 RVR1960). Sin embargo, oyendo hablar de Jesús, y confiando que en Él tendría la cura que no había hallado en los médicos, hizo algo que solo podría haber sido hecho apoyado con una fe profunda. Sabiendo que por su condición podría ser rechazada, pues acorde a la ley ceremonial alguien que fuese tocado por ella sería impuro, fue entre la multitud y tocó el borde de su manto, segura de que si tocaba aunque fuera su vestidura sería sana, como en efecto sucedió. Jesús sintiendo el poder saliendo de Él, preguntó a su alrededor, hasta que ella salió temerosa y contó lo que había sucedido, recibiendo como respuesta: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote. Vemos que la mujer había ido a los médicos sin hallar solución, pero al ver la oportunidad de acudir a Cristo, lo hizo sin dudar. Esta no es nuestra situación. Tenemos la posibilidad de acceder a Él cuando necesitemos. Pero también sucede que acostumbramos a pedir oración a otros, y no presentamos batalla en fe por nuestra propia salud.

    Si tenemos alguna enfermedad que nos aqueja, aferrémonos a Dios. Es nuestra fe la que desencadena sanidad divina, y que seamos curados. Y aunque podemos pedir apoyo en oración, Dios quiere que nos acerquemos y presentemos nuestros problemas ante Él. No dudes más. ¡El Señor te bendiga!

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