“No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.”
Gálatas 5:26 RVR1960
Existen determinados comportamientos que son fácilmente apreciables en la sociedad, y que las personas rechazan al entrar en contacto con ellos. Entre ellos encontramos la vanagloria y la envidia. Es difícil estar cerca de alguien que constantemente se encuentra jactándose de sus habilidades o conocimiento, y lo mismo sucede con los que envidian cualquier logro o pertenencia que tengamos, más preocupados en cómo lo obtuvimos que en proponerse hacerlo también. Pero si resulta molesto encontrarlos en lo secular, más aún lo es si están a nuestro lado en la iglesia.
Como cristianos, debemos tener un comportamiento acorde a la fe que profesamos, y que a su vez sirva de testimonio de Cristo a otros. Pablo escribe a los gálatas y dice: No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Aunque no dice que ellos lo sean, advierte que pueden llegar a serlo, de modo que terminasen causando incomodidad entre los creyentes, unos porque se jactan, y los más débiles espiritualmente porque los envidian. Conociendo que todo cuanto somos y tenemos se lo debemos a Dios, ¿cómo podemos ser jactanciosos o envidiosos? ¿Qué de lo que tenemos no se lo debemos a Dios? Y si se lo debemos a Él, ¿por qué vanagloriarnos de ello o por qué envidiarles, en lugar de procurarlo para nosotros mismos? Al hacer esto nos convertimos en piedra de tropiezo para otros, y dejamos de andar espiritualmente para limitarnos por pasiones que debimos haber abandonado.
La vanagloria y la envidia son instrumentos que pueden usarse para dividir una congregación. No caigamos en trampas del enemigo, que utiliza el aspecto competitivo de nuestra naturaleza para compararnos a otros en lugar de crecer conforme a la imagen de Cristo. ¡El Señor te bendiga!
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