“Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.”
Santiago 3:16 RVR1960
Cuando nacemos, nos iniciamos en un mundo competitivo. Aunque no queramos, somos comparados con otros niños en si abrimos los ojos, levantamos la cabeza cuando estamos acostados, hablamos, o caminamos. Posteriormente, se hace con que notas sacamos, si somos más inteligentes, si iniciamos antes nuestra vida amorosa, si tenemos una buena carrera, y por último qué profesión tenemos, cuánto cobramos, dónde vivimos, cómo es nuestra familia, entre otras tantas cosas. Siempre existe una comparación o emulación contra otros, y cuando no nos va como queremos u otros esperan puede haber frustración, celos o desánimo.
En la vida cristiana suele suceder algo así. Trasladamos lo que hemos aprendido de lo secular a lo espiritual, y, sin tomar en cuenta nuestros dones o nuestro llamado, fijamos la vista en posiciones de liderazgo, y comenzamos a competir y a compararnos con otros. Comienza así una espiral de celos, envidia y frustración, en la que nos preguntamos por qué Dios nos tiene a menos, en la que discutimos o tenemos confrontaciones con los hermanos. Y esto así no puede ser. Santiago nos dice: Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. En versículos anteriores habla de la sabiduría divina y la terrenal, comparándolas y comentándonos que precisamente los celos y el ánimo de contender son el resultado de arrastrar lo mundano a la iglesia. Lo que sucede en la iglesia es totalmente diferente a lo que conocemos. Tenemos un lugar diseñado por Dios, con dones para que hagamos las cosas eficazmente. Solo necesitamos saber qué quiere Él que hagamos. De ese modo, en lugar de problemas habrá paz y concordia.
Pongámonos en manos de Dios. Cada uno de nosotros es especial y tiene un rol que cumplir en el cuerpo de Cristo. No es necesario competir, ni contender o tener celos, porque tenemos nuestra función específica como miembros de la iglesia. Busquemos la voluntad de Dios para nuestras vidas. ¡El Señor te bendiga!
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