“Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad.”
2 Timoteo 2:16 RVR1960
La comunicación es el proceso mediante el cuál las personas logran transmitir una información desde un emisor, que es quien habla, hasta el receptor, que escucha. Se sirve de un canal, que puede ser el lenguaje hablado, o la escritura, entre otros. Nuestro idioma tiene 93 mil palabras, y de ellas se emplean comúnmente unas 20 mil, conocidas como palabras activas, que son las que solemos utilizar con frecuencia; y unas 40 mil pasivas, que podemos entender, pero no forman parte de nuestro vocabulario. Para poder ser buenos comunicadores, debemos hacer uso de las palabras que todos conocen, y no que hablemos de tal modo que sea necesario buscar un diccionario para entendernos.
Dentro de los que necesitan tener buenas habilidades comunicativas, y hacerse entender, están los maestros, los líderes, evangelistas, predicadores, todos los que se dirigen a personas que los escuchan. Sucede que existe la tendencia a hacer uso de palabras rebuscadas, para dar a entender que se tiene una mayor erudición y nivel educacional. Y más que hablar de modo en que se entienda, se hace para demostrar que se dominan términos poco frecuentes, que en la mayoría de los casos no se usan adecuadamente. Pablo aconsejaba a Timoteo: Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Cuando queremos hacer entender algo, debemos usar un lenguaje sencillo y fácil de entender, además de ser también conciso y claro en las ideas. Pero se vuelve más importante que se nos comprenda si predicamos a Cristo y verdades y principios bíblicos. Usar palabras ambiguas, vanas, que se presten para interpretaciones dudosas, solo por satisfacer nuestro ego, puede hacer que quienes nos oigan no tengan claridad de lo que queremos transmitir, y terminen pecando o confundidos. Es necesario que nos comprenda adecuadamente cualquier persona que nos escucha, independientemente de su nivel escolar.
Hablemos con claridad a otros. Evitemos engrandecernos por el uso de palabras vanas, ambiguas, y rebuscadas, que pueden terminar llevando a pecar a otros. Más bien busquemos predicar a Cristo efectivamente, y que a quien engrandezcamos sea a Dios antes que a nosotros mismos. ¡El Señor te bendiga!
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