“Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”
1 Pedro 5:5 RVR1960
Hace unos años, en una universidad conocida por su excelencia académica, un brillante estudiante comenzó a destacar por encima de sus compañeros. Sus calificaciones eran altas, y sus ideas innovadoras. Sin embargo, comenzó a despreciar el consejo de sus profesores y burlarse de la experiencia de otros. Con el tiempo, su actitud lo aisló, y un error que pudo haberse evitado con humildad terminó retrasando su carrera. Más tarde, él mismo confesó que la soberbia lo hizo caer, y que lo que más necesitaba no era más talento, sino aprender a escuchar. Esta historia ilustra el corazón del mensaje de este versículo: la humildad es el camino hacia la gracia, mientras que el orgullo nos separa de la bendición.
En este versículo, el apóstol Pedro dirige sus palabras primero a los jóvenes, animándolos a estar sujetos a los ancianos, no solo en términos de edad, sino de experiencia y liderazgo espiritual. Pero luego amplía la instrucción a “todos”, indicando que la humildad y la sumisión mutua deben ser una marca en la vida cristiana. Teológicamente, la clave del versículo está en la frase: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes, una cita de Proverbios 3:34. Esto revela una verdad fundamental del Reino de Dios: la humildad atrae el favor divino, mientras que el orgullo produce oposición del mismo Dios. En la vida actual, donde la autosuficiencia, la imagen y la opinión personal se exaltan constantemente, esta enseñanza va a contracorriente. Nos recuerda que la verdadera grandeza no está en imponerse, sino en servir, escuchar y reconocer nuestra dependencia de Dios y de los demás. La humildad es el terreno fértil donde crece la gracia.
Hoy el Señor nos llama a vestirnos de humildad. Así como uno se pone una prenda de vestir cada día, así también debemos revestirnos voluntariamente de una actitud humilde, dispuestos a aprender, a servir y a honrar a otros. Si has sentido que las puertas no se abren, que Dios guarda silencio, o que tus esfuerzos no prosperan, quizás no es falta de capacidad, sino exceso de orgullo. Es tiempo de examinarnos con sinceridad y decir: “Señor, enséñame a ser humilde.” Hoy decide despojarte del orgullo y vestirte de humildad, porque allí te encontrarás con la gracia, el favor y la dirección del Dios que exalta a los que se humillan. ¡El Señor te bendiga!
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