“Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré;”
Jeremías 29:12 RVR1960
Los seres humanos nos rodeamos de una sensación de seguridad, y creemos tener el control de todo cuanto nos rodea. Cuando vienen situaciones que escapan a nuestro dominio, y nos percatamos que nuestro futuro es incierto, más si no somos capaces de solucionar las cosas por nuestros propios esfuerzos, volvemos nuestros ojos a Dios, hayamos tenido o no una relación cercana con Él.
Estamos volviendo a vivir lo que el pueblo de Israel, que en varias ocasiones se olvidó de Dios, se alejó y comenzó a pecar sabiendo que lo que hacían era malo. En estas circunstancias, el Todopoderoso retiraba la protección de ellos, en la época tan convulsa que vivían, eran azotados por guerras, cautiverio y muerte. Nosotros, por nuestra parte, debido a los adelantos tecnológicos, la comodidad actual y la forma de pensamiento moderno en la cual se sobrevalora la importancia del hombre, se ha llegado a creer que no existe ninguna divinidad, el mundo está totalmente alejado del Creador, y la humanidad es zarandeada de un lado a otro por todo tipo de adversidades.
Pero vemos en esta porción de las Escrituras que Dios mismo dice: entonces me invocarán, y vendrán y orarán a mí, y yo oiré. Vemos en el contexto que está creando las condiciones para que Su pueblo retorne a Él. Cuando nuestro Padre Celestial va a derramar Su misericordia, pone en los corazones de los creyentes la inquietud y el clamor por las peticiones que han de ser solucionadas. Cuando existe esta unión en oración entre Su cuerpo, es signo seguro de que el obrar del Todopoderoso será visible.
Estamos en tiempos difíciles y peligrosos. Es tiempo de que la iglesia como cuerpo de Cristo se una y comience a clamar por la situación de esta pandemia, de las guerras, de los desastres, para que haya un avivamiento, que dejemos de dormir y el poder de nuestro Dios sea visible en cada rincón de la tierra.
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