“Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.”
Nehemías 1:4 RVR1960
Casi a diario recibimos noticias poco halagüeñas, referentes a desastres naturales, guerras, hambre y en la actualidad agravado con cifras de contagios y muerte producto a la pandemia que azota al mundo. Los noticiarios están plagados de situaciones extremas de un lado al otro del globo terráqueo, muchas de ellas procedentes de nuestra nación. Y escuchar esto con tanta frecuencia ha generado indolencia de nuestra parte. La muerte de cientos de personas no es novedad, niños padeciendo hambre, personas desplazadas de sus hogares, destrucción, violencia, todo se ha vuelto parte de la cotidianeidad y ya es normal escuchar tales noticias, nada nos mueve a compasión.
Vemos en el contexto de este pasaje que Nehemías es uno de los judíos que se encontraba en la cautividad, en Persia. Al enterarse del estado de Jerusalén, desolado, con los muros destruidos, sus puertas quemadas, y los que vivían allí indefensos, pues no tenían nada que los protegiera de asaltantes y merodeadores, se sintió quebrantado. Estas noticias hirieron profundamente los sentimientos del autor de este libro, y vemos como narra que, al oír esto, se sentó y lloró, e hizo duelo por algunos días, y ayunó y oró a Dios buscando una respuesta. Este varón judío sabía que la ciudad había sido atacada por el ejército caldeo, pero conocer el estado vulnerable en que se encontraba todavía lo afectó, saber que los países vecinos podían burlarse del pueblo del Todopoderoso y los daños que podrían sufrir aún por encontrarse desprotegidos, lo quebrantó. Él no fue indiferente al dolor de sus compatriotas, él no solo se sentó a llorar y a afligirse, sino que hizo lo que era necesario hacer: buscó a Dios en oración e intercedió por su nación. El resto del libro narra la respuesta del Creador, y como Nehemías levantó los muros de Jerusalén, permitido y respaldado por el propio rey persa Artajerjes.
Nuestras ciudades y nuestro país se encuentran en estos momentos asediados por dificultades de toda índole: enfermedad, muerte, colapsos de sistemas sanitarios, situaciones económicas, hambre. Pero nosotros permanecemos impasibles, indolentes. Ya el coronavirus no ofrece novedad. Ya las vidas perdidas se han convertido en cifras y estadísticas. Nadie llora y se aflige por su ciudad. Es tiempo de despertarnos e interceder por los enfermos, por sanidad, porque se detenga esta pandemia, porque Dios restaure las naciones. Pero no porque ha sido indicado por nuestros líderes de las iglesias o por cumplir un mandato, sino porque sea nuestro sentir más profundo, y estemos verdaderamente movidos a compasión.
#OrandoPorNuestraNacion, #AyunoYOracion, #MinutosConDios, #ReflexionesDiarias