Dios dió, Dios quitó, bendito sea

    “y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.”

    Job 1:21 RVR1960

    Nuestro estatus, posesiones y bienes generalmente están fuertemente arraigados a nuestra persona. Saber que hemos pasado tiempo para obtener las cosas hace que nuestra apreciación por ellas sea mayor. Elegir entre nuestras pertenencias y Dios es una de las decisiones más difíciles a las que puede someterse una persona. Algo así sucedió con Job. Vemos que él era una persona que tenía extraordinaria riqueza, relatado como varón más grande que todos los orientales, con una hacienda en las que tenía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, muchísimas personas que le servían, y siete hijos y tres hijas. Era Job también un hombre recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Esta condición propició que llegase a alcanzar este nivel de opulencia.

    Sin embargo, un día tristísimo para él, recibió cuatro terribles noticias, cada una peor que la anterior. Primero, que los bueyes y asnas habían sido robados por sabeos, descendientes de Sheba, y los criados muertos. A continuación, que fuego de Dios había caído del cielo y había consumido a las ovejas y a los pastores. Le siguió que los caldeos se habían llevado los camellos, y matado a los criados, y, por último, que sus hijos habían muerto todos al desplomarse la casa del primogénito, donde celebraban una fiesta. Este hombre había perdido todas sus posesiones y perdido a todos sus hijos, y aunque tan abrumadora pérdida consecutiva lo hizo rasgar su manto y afeitarse la cabeza en señal de dolor y luto, se postró a tierra y adoró a Dios, diciendo: desnudo nací, y desnudo moriré. Jehová dio y Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito.

    Job reconocía que todas sus pertenencias, aún sus hijos y familia, provenían de Dios. Entendía que había un propósito, que él no conocía, pero si comprendía que lo que el Creador le había permitido tener, podía quitarlo porque era soberano, y su Señor. En medio del dolor, no dijo una palabra en Su contra, o se molestó. Por el contrario, se reconoció humilde, y bendijo Su nombre. Ojalá en tiempos de aflicción seamos capaces de seguir este ejemplo, de un hombre extraordinariamente pudiente que perdiéndolo todo en cuestión de minutos, demostró tal agradecimiento a Dios, que lo bendijo cuando pasaba uno de los peores momentos de su vida. Nuestro Padre Celestial, dueño de todo cuanto existe, nos permite tener posesiones que nunca pueden valer más que nuestra relación y dependencia de Él. Nos dará y nos quitará, conforme sea Su voluntad y plan para con nosotros. Ojalá estemos fortalecidos para que cuando llegue una situación de adversidad, como Job, no pequemos.

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