El que no provee para los suyos

    “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”

    1 Timoteo 5:8 RVR1960

    Proveer sustento es un deber de los miembros de la familia con edad laboral y relación de consanguineidad, o legal en el caso de los conyugues. Está directamente relacionado con proporcionar u ofrecer tanto alimento como todos los recursos necesarios para el desarrollo y sostenimiento de la vida. Sin embargo, es característico, en determinados países, que los hijos al tener mayoría de edad abandonen el hogar familiar y gradualmente se desentienden de las finanzas de los padres, llegando a no tener la más mínima preocupación por cómo les va económicamente a los padres, aquellos que durante su período de infancia le cuidaron y sustentaron. Aún en familias cristianas es visible esto, pues a veces se ve como familia únicamente el matrimonio y los hijos, dejando a los padres fuera del contexto de las personas a las que brindar apoyo.

    Pablo, en una porción de la primera epístola a Timoteo, hablaba acerca de las viudas y de que era necesario brindarles sustento. Pero en esta porción de las Escrituras, dice: si alguno no provee para los suyos, mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. Cuando dice para los suyos, hace referencia a los parientes en general, y particularmente los que viven con él en su casa. Cuando nos dice que ha negado la fe, tiene implicación directa en que nuestra relación con Dios está sustentada, entre otras cosas, en misericordia y amor. Si no somos capaces de demostrar esto por quienes viven con nosotros, ¿cómo lo haremos por nuestro prójimo y más aún, con Dios? Por otro lado, los incrédulos generalmente proveen para sus familias, y reconocen su deber en este sentido. El cristiano que no lo hace, es peor que ellos, teniendo también menos justificación, porque aparentemente está en luz y debe dar testimonio de Cristo con sus actos.

    Hermanos, tengamos misericordia y demostremos amor por nuestra familia y las personas de nuestra casa. Ellos nos sustentaron primero, hasta que pudimos hacerlo por nosotros mismo, por tanto, es justo que reciproquemos y demos de lo que recibimos. Por demás, si somos capaces de ofrendar y dar donaciones para personas que no conocemos, ¿cómo no hacerlo para los de nuestra familia? Es nuestra responsabilidad y se no pedirá cuentas cuando estemos delante de Dios acerca de cómo nos ocupamos de ellos.

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