“pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores”
Santiago 2:9 RVR1960
Si a cualquier persona lo ponen a escoger entre alguien adinerado y otro de pocos recursos, para invitarlo a su casa y tener atenciones con él, probablemente el 90 porciento de la población mundial decidiría por quien le ofrece beneficios. Ser capaz de distinguir quien puede influir en nuestra vida, sea con dinero o poder, es una habilidad que se adquiere y que todos explotan en la actualidad. No se dedican esfuerzos en alguien que no va a aportarnos nada. Este comportamiento es visto hasta en las iglesias, en las que se llega hasta a seleccionar los mejores lugares para los que se consideran más influyentes, o quienes tienen mayor jerarquía.
Santiago habla a la iglesia aconsejando que no diferenciaran entre rico y pobre, haciendo énfasis en que no se hiciera acepción de personas, y ejemplificando con el mandamiento de amar a tu prójimo como a ti mismo, dice: si hacen acepción de personas, cometen pecado y son culpables como transgresores por la ley. Cuando preferimos a uno u otro sobre los demás incumplimos el mandato de amar a todos por igual, estimarlos como a uno mismo; y nuestro comportamiento es pecaminoso. El aspecto interesante es que nuestra transgresión no es de este u otro mandamiento en particular, sino de toda la ley, porque como vemos en el versículo siguiente: cualquiera que cumple la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Esto echa por tierra la posibilidad de estar haciendo malabares a ver que pecado es menor que otro, para poder llevar una vida disipada y justificar con que son faltas menores.
Cada uno de nosotros en lo personal debe reflexionar y evaluar nuestro comportamiento. No podemos olvidar que Cristo vino por aquellos que nosotros consideramos inferiores, y de ellos dijo que las cosas que se hacen por ellos, es como si las hicieran a Él. Ninguno es mejor que otro a los ojos de Dios, y no priorizó a otro más adinerado o de mejor posición antes que a nosotros para ofrecer salvación. Amemos a todos por igual, y demostremos el Espíritu de Dios en nuestras vidas, teniendo misericordia y e interesándonos por quienes verdaderamente lo necesitan y no por los que nos ofrecen un beneficio.
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