“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.”
Salmos 32:1 RVR1960
Producto al incumplimiento de las leyes vigentes de un país, una persona puede ser condenada a multas, encarcelamiento, o, en casos extremos, ser condenado a muerte. Además del proceso legal correspondiente, la tensión en espera de la condena y el aislamiento de la sociedad, el remordimiento es uno de los peores castigos. En esas circunstancias, uno llega hasta a soñar que milagrosamente le fueran retirados todos los cargos.
El rey David escribe: bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Él conoce al Altísimo y sabe la repercusión de estar alejado de Su voluntad. Para entender por qué la persona es bienaventurada, hay que saber que el castigo por pecar es la muerte. Es una separación espiritual que tiene repercusiones para la eternidad. Sería equivalente a ser condenado a muerte por un hecho cometido, y que te sea perdonado todo, dándote además beneficios. Dios ha establecido un grupo de mandamientos y reglas que es necesario cumplir para poder ser considerado hijo suyo, y de este modo tener acceso a los beneficios aparejados, como son tener una relación cercana con Él, sanidad, protección, provisión, salvación, vida eterna, entre otros. Nosotros, desde que nacemos, somos pecadores. Aun sabiendo que algo que hacemos está mal y es castigado no solo por la Palabra de Dios, sino también por las leyes de nuestro país, lo hacemos en espera de no ser descubiertos. Traemos la semilla del pecado dentro.
Sin embargo, si nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados, podemos hallar perdón de nuestras transgresiones y malos hechos. Dios está dispuesto a perdonar. Tenemos la posibilidad de ser renovados y regenerados. En vez de muerte, podremos tener vida. Está en nuestras manos el ser bienaventurados o no.
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