“El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.”
Eclesiastés 5:10 RVR1960
Muchas personas que han alcanzado la cúspide de fama, altas sumas de dinero y grandes posesiones han tenido una vida altamente infeliz. Aún con sus gastos extraordinarios, excentricidades, y la posibilidad de tener lo que quieran, han sentido un vacío inmenso, que han intentado llenar con más posesiones, dinero, alcohol, fiestas, relaciones de pareja, y drogas. Varios han terminado suicidándose al no encontrar un sentido a sus vidas. Los lujos y las riquezas no lograron darles lo que su alma ansiaba.
El autor dice en este pasaje de Eclesiastés: el que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad. Las personas somos inconformes por naturaleza. Aun cuando tengamos un salario que pueda cubrir los gastos nuestros y de nuestra familia referentes a alimentos, ropa, calzado y ocio, vamos a anhelar tener más. Existe la tendencia de compararse, y querer tener mayores posesiones, equipos y electrodomésticos de marca, para de este modo deslumbrar a otros con nuestro status social. Por otro lado, mientras más ingresos tenemos, mayores son los gastos que generamos. Y nos obsesionamos con aumentar esas riquezas, de tal modo que nunca es suficiente. Esto nos hace apartarnos de nuestra familia, amigos, conocidos y que para nosotros solo tenga valor el dinero, y que no importa a quien dañamos en el proceso de obtener ganancias. El dinero se convierte en el dios de esa persona. Priorizan la vanidad antes que al Todopoderoso, y enfrascados en un capital que casi nunca disfrutan, olvidan su vida espiritual, y donde pasarán la eternidad.
Una persona enfocada en dinero y posesiones, nunca tendrá tiempo para Dios. Y, al final, ni el dinero le va a extender la vida, ni podrá llevárselo al morir. Habrá trabajado para que otros se adueñen de sus pertenencias, agotado sus días sin otro propósito que acumular dinero, y todo habrá sido en vano. Dediquemos nuestro tiempo de vida terrenal a Dios, a hacer tesoros, pero espirituales, y no solo tendremos propósito, sino que también recompensa eterna.
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