Amando en la verdad

    “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”

    1 Juan 3:18 RVR1960

    Una de las cualidades que debe distinguir a un cristiano es el amor. Independientemente de que en español se emplea la palabra amor sin tener en cuenta a quién va dirigido, en el griego, idioma original en el que fue escrita esta epístola, emplea el verbo agapao para describir el afecto de Dios hacia las personas y expresar Su voluntad a Sus hijos con respecto a la actitud que deben tener entre ellos.

    A veces las relaciones entre los creyentes que asisten a las iglesias son un poco superficiales. Se profesa un amor poco firme, y puede llegar a existir tirantez entre ellos. Esto no es algo nuevo. A veces creemos que, por llevar más tiempo en la congregación, haber estudiado más, tener más tiempo en el servicio merecemos un mejor trato, y no necesariamente lo recibimos. Las relaciones interpersonales son complejas, y solo si media el amor y la tolerancia se podrá llevar una comunión sana entre hermanos en Cristo. Este versículo nos habla de eso precisamente.

    La primera epístola de Juan fue escrita durante su vejez, y este trato afable de hijitos míos es un rasgo distintivo en sus escritos. Su saludo a la congregación era: amaos los unos a los otros, y aquí reitera la relación fraternal que debe haber entre las personas que asisten a un templo y forman parte del cuerpo de Cristo. Dice que no debe ser de palabras, ni de lengua, refiriendo que no sea temporal ni diciendo que amamos a otros cuando realmente es todo lo contrario. Recalca que sea en hechos y en verdad. Que sea un sentir real, que se vea en nuestros actos, no por hipocresía u obligación, sino por una necesidad que nos hace actuar en favor de los demás por afecto sincero hacia ellos, sin esperar retribución alguna. Este sentimiento es puesto por el Espíritu Santo en cada uno de nosotros, y es manifestación del amor de Dios en nuestras vidas.

    Si cada uno de nosotros actúa de esta manera, haciendo de este pasaje bíblico nuestra forma de relacionarnos con otros, lograremos un cambio verdadero en las congregaciones, seremos testimonio ante el mundo que se pierde, y demostración del amor de Dios que predicamos. Quien único es capaz de poner este amor por otros es el Espíritu Santo, así que a Él debemos orar y dejarnos guiar para ser cada vez más fieles seguidores del Mesías.

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