“Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”
2 Corintios 12:10 RVR1960
La humanidad, desde sus inicios, premió a los más fuertes. Similar a las fieras, que las fuertes aniquilaban a las débiles, las civilizaciones más preparadas, con mejores tecnologías o superioridad numérica, aplastaban a las menos desarrolladas. También las personas suprimen y maltratan a los que no suelen defenderse, creándose una cadena en la que el débil sufre mientras el fuerte se enseñorea de él. Por esto, se ha creado un culto a la fortaleza de las personas, y es muy raro que se muestren las debilidades, ni aún a los seres más queridos.
Pero vemos al apóstol Pablo, que afirma: Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. No solo reconoce y muestra las cosas que lo hacen padecer, sino que confirma sus debilidades. Más que eso, en lugar de deprimirse o retraerse por las dificultades que lo azotaban con frecuencia, incluyendo lo que él denomina un aguijón en su carne (2 Corintios 12:7 RVR1960), se alegra en ellas, exponiendo como motivo su amor por Cristo. Pero declara que precisamente por ser débil, era fuerte. ¿Cómo entender esta contradicción? ¿Ser débil implica a la vez ser fuerte? Precisamente su debilidad servía para que se manifestara el poder de Dios en él.
Nuestras fuerzas de nada valen ante las adversidades que enfrentaremos, tanto espirituales como en el mundo. Reconocernos débiles, para tener acceso a la fortaleza divina, y entender que precisamente nuestras en nuestras debilidades, necesidades y angustias es donde se manifestará el poder de Dios, hará que sintamos alegría aún en la situación más desamparada, porque no estamos solos. El Todopoderoso está con nosotros. ¡El Señor te bendiga!
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