El gozo de los padres

    “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.”

    3 Juan 1:4 RVR1960

    En la gran mayoría de los seres humanos ocurre un cambio radical cuando traemos un bebé a este mundo. Nuestros intereses, metas y pensamientos se transforman, y toda gira en torno a este diminuto ser que desde el vientre materno comienza a robarse nuestro corazón. Nuevos planes surgen, cambios en nuestra vida y gustos, reajuste del tiempo, y comienza una tarea educativa para la que nunca estamos suficientemente preparados.

    Casi sin darnos cuenta, nuestros hijos van creciendo. Y se transita por muchas etapas, desde las noches de insomnio, hasta el primer paso, las primeras palabras, el primer diente que mudan, y la petición de que les lean un cuento antes de dormir. Durante todo este tiempo, tratamos de enseñarles y prepararles de la mejor manera posible, agradeciendo a Dios por el regalo, y también rogándole que nos capacite para hacer las cosas correctamente. Llega entonces el primer día de clases, en el que comienzan a interactuar con otros niños bajo la mirada del personal docente, e inician las dudas y preocupaciones, de si el medio en el que se desenvuelven les hará olvidar la enseñanza de casa, los modos de comportamiento. ¡Y que alegría escuchar decir que lo hacen bien, que el entorno nuevo no ha hecho que olviden lo aprendido en el hogar, que son ejemplo para los otros!

    Esto debe haber sentido Juan cuando escuchó hablar acerca del testimonio de Gayo, al escribir que no tenía mayor alegría que oír que sus hijos estaban en la verdad.  Estos hijos son los miembros de la iglesia, en la que él había tenido participación directa, y cuyo modo de actuación y vida cristiana le hacía sentir satisfacción por ellos. De este mismo modo, los padres espirituales, personas que nos han ayudado a dar los primeros pasos en el evangelio, nos discipularon y han estado orando e intercediendo por nosotros, experimentan regocijo al escuchar que crecemos en nuestra vida espiritual, y que nos apartamos del pecado.

    ¡Cuánto más nuestro Padre Celestial puede estarse alegrando de que permanezcamos fieles y no echemos el sacrificio de Jesucristo por tierra! Para que cada uno de nosotros llegara a los pies de Cristo, tuvo el Cordero que morir, Dios nos tuvo un plan personalizado de salvación, hubo personas orando e intercediendo, cristianos que nos hablaron del Evangelio, y después de convertidos sigue habiendo un propósito con nosotros, que incluye que traigamos a otros al arrepentimiento. No dejemos que tanto sacrificio haya sido en vano, y que nuestro testimonio como seguidores del Mesías alegre a nuestros padres biológicos, nuestros padres espirituales y nuestro Padre Celestial.

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