“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.”
Efesios 5:25 RVR1960
Uno de los principales azotes en la actualidad es la violencia contra la mujer, que puede tener manifestaciones físicas, sexuales, psicológicas, simbólicas e institucionales. Esto puede ocasionar repercusiones desfavorables para la salud en ellas, y las amenazas, coacciones o la privación arbitraria de su libertad se incluyen dentro de las formas de violencia que se puede ejercer. Tristemente, el origen del maltrato puede ser la familia, la pareja o ex pareja. Se estima que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de la pareja o por terceros, siendo más frecuente los primeros. Casi un tercio de las mujeres que han tenido relación de pareja refieren haber sufrido alguna forma de violencia por parte de ellos en algún momento de su vida, mientras que el 38% de los feminicidios son cometidos por su pareja masculina, siendo estas cifras a nivel mundial.
La iglesia no escapa a estas estadísticas. Muchos casos de violencia contra la mujer pueden darse en el entorno doméstico o ser empleada la Biblia para coaccionar o forzar al sexo opuesto para hacerlo que uno quiera. Cualquier sentimiento afectivo va decayendo, y es frecuente ver un comportamiento similar al de un jefe abusivo hacia un subordinado en vez que el de debe haber entre conyugues. El apóstol Pablo insta: maridos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. Las esposas son la familia que escogimos, por la que oramos a Dios para que nos diera por compañeras para toda la vida, y con las que podemos contar en momentos de alegría y tristeza. Se nos llama a tratarlas como a vasos frágiles (1 Pedro 3:7 RVR1960), haciendo alusión a la delicadeza que se tiene con cristalería fina. Ellas son ayuda idónea, compañeras y coherederas del Reino. Tener actos de violencia contra ellas es como tenerlos con nosotros mismos.
En la Biblia se nos llama a amar a nuestros enemigos, ¡Cuánto más a nuestra esposa! Del mismo modo en que teníamos detalles con ella, no podemos dejar que la rutina nos convierta en los que agredimos a la persona que más cerca tenemos. Debemos rogar a Dios para que nos llene de amor, que transforme nuestro ser, e impida que seamos violentos hacia ella.
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