“Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante”
Eclesiastés 4:10 RVR1960
Somos seres sociales, diseñados para vivir en una comunidad. Necesitamos a los demás para desarrollarnos como personas porque es en la interacción con otros que emergen nuevas potencialidades, y, a través del contacto con otros, adoptamos normas, valores, costumbres, ideas, funciones y roles sociales.
La sociedad oriental tiene una marcada tendencia a anteponer los intereses de la colectividad a los del individuo, mientras en la occidental es todo lo contrario. En nuestro contexto se enseña como una habilidad poder utilizar a otros para lograr nuestros objetivos, sin importar si les hacemos daño en el proceso. Aunque se nos habla de la sociedad y su importancia, de forma indirecta vas aprendiendo que es la individualidad y tu posibilidad de aprovechar momentos y oportunidades para mejorar tu posición, sin tener en cuenta otra cosa que tu propio beneficio. De este modo, nos hemos convertido en personas solitarias, aunque estemos rodeados de gente, y llamamos amigos a aquellos de quienes podemos obtener un provecho.
El rey Salomón en este pasaje de las Escrituras, hace referencia a la importancia de no estar solos, a que cuando una persona caiga, otra lo ayudará a levantarse. Esto puede tener implicaciones de enfermedades, angustias, situaciones personales, errores cometidos, pecado. Pero si nos encontramos solos, ¡qué triste es no tener con quién contar! Esta soledad puede llevar a la depresión y más adelante a intentar atentar contra nuestra propia vida. El aislamiento se convierte en nuestro propio enemigo. En un momento de aflicción del cuerpo, la mente o el alma, el solo hecho de poder hablar con alguien, recibir un consejo, o tener compañía, es muy valioso. Pero es importante saber reciprocar, y lo que quisiéramos recibir de otros debemos ser capaces de proporcionarlo.
Como hermanos en la fe, la manera de no estar solos es teniendo comunión entre nosotros. Apoyar a los hermanos en problemas, ayudarlos a levantarse si han tropezado, estar dispuestos a todo en beneficio de ellos, eso es lo que evidencia que el amor de Dios está en nosotros. Fuimos diseñados como parte del cuerpo de Cristo y es interactuando unos con otros, dispuestos a socorrernos en momentos de dificultad que lo demostraremos al mundo.
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