“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.”
Efesios 4:29 RVR1960
Uno de los mayores males de la actualidad es la tendencia de las personas de hablar demasiado sin detenernos a escuchar. Somos más propensos a hablar que a escuchar a otros y es característico que lo hagamos con el precepto de que lo que vamos a decir es más importante que lo que dirá el otro. Pero hablamos acorde a como vivimos y pensamos. Lo que nos mantiene ocupada la mente es lo que exteriorizamos, y es frecuente escuchar a las personas hablar de asuntos irrelevantes para nosotros acerca de su intimidad, de sus malas acciones como si fueran hazañas, de lo extraordinario que son, y en varias ocasiones, empujándonos a repetir sus malos actos.
Mientras los jóvenes hablan de moda, actores famosos o cantantes de su preferencia, los adultos no necesariamente tienen temas más profundos. La trivialidad y la superficialidad es una característica de las generaciones de la actualidad. Y a veces entre los hermanos de la iglesia encontramos temas de conversación que están más enfocados en alabarse a sí mismos y sus logros, que en abordar lo que realmente importa. Pero peor aún, en ocasiones en lugar de palabras de ánimo, hay contención, disipación o rebeldía. El apóstol Pablo dijo: Ninguna palabra corrompida salga de tu boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Un cristiano debe representar con su actitud y vida a Cristo, por lo que se espera de nosotros que en cada acción, palabra y pensamiento estemos ministrando a los que nos rodean.
Debemos tener cuidado de nuestras palabras y el sentido que ellas tienen, pues, como sabemos, de cada palabra ociosa vamos a tener que dar cuentas ante Dios (Mateo 12:36 RVR1960). Procuremos que se pueda encontrar en nosotros palabras de ánimo, edificación, consuelo y que guíe los pasos de otros hacia la luz de Cristo. ¡El Señor te bendiga!
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