“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;”
Colosenses 3:23 RVR1960
Vivimos en una sociedad marcada por reglas y normas que definen como debemos comportarnos, de que manera vivir, que es permitido o no. Existen estructuras y niveles jerárquicos, en los cuales hay niveles de subordinación y durante toda nuestra existencia siempre existe una figura que ejerce autoridad sobre nosotros.
Cuando somos niños, están nuestros padres. Como estudiantes, los maestros. Al ser trabajadores, nuestro empleador o el director de la empresa. Si somos directores, hay un ministro. Los ministros acatan lo que determina un presidente. Y un presidente debe ceder ante los designios de una mayoría electoral. Siempre hay alguien que ejerce poder o autoridad. Estas personas son permitidas por Dios, y aun cuando tomen decisiones que a nuestros ojos puedan parecer absurdas, cumplen con un cometido: traer orden. Sin estas estructuras las naciones estarían sumidas en caos, en las cuales imperaría la ley del más fuerte.
Sin embargo, nuestra naturaleza humana hace que seamos reacios a escuchar a las figuras de autoridad. Nos cuesta seguir orientaciones y en ocasiones hasta nos negamos a hacer lo que nos dicen. Cuando estas indicaciones entran en conflicto con nuestros intereses, la idea en que creemos que deben ser las cosas, o sencillamente nuestro horario, las hacemos de mala gana.
Y el apóstol Pablo tiene un pasaje bíblico para nosotros donde nos anima a hacer las cosas no para el jefe, el supervisor, el director, el gerente, o cualquiera que sea el cargo; sino para Dios. No hay un espíritu servil ni de humillación acá. No habla de hacer las cosas para complacer a los hombres, sino al Padre Celestial. Hacerlas con alegría, de buen ánimo, y teniendo cuidado de que salga lo mejor posible. Tampoco se refiere a que algunas tareas las hagamos de corazón, sino todas. De este modo, haremos mejores servicios en el templo, seremos trabajadores intachables, y daremos mejor testimonio de la transformación que se ha obrado en nuestras vidas. Siempre que trabajamos pensando en que es Dios para el que hacemos las cosas, sabiendo todo cuanto le debemos a Él, va a ser más sencillo que acometer cualquier trabajo.
¿Quieres intentar este enfoque? ¡Anímate!