“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo”
1 Pedro 5:6 RVR1960
La humillación es una ofensa que alguien o algo causa en el orgullo de una persona. Puede ser una experiencia compleja de exclusión que implica la negación de derechos, acarrea pérdida de autonomía e involucra la negación de un reconocimiento social. En pleno siglo XXI es difícil encontrar a una persona humillarse delante de otra. Debe existir una fuerza mayor, alguna amenaza para la vida o alguna deuda muy grande para que algo así suceda. Esto es incluso más raro si se hace de modo voluntario y sin que haya alguna coacción.
El apóstol Pedro indica: humíllense bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte cuando fuere tiempo. Hay un llamado directo a que nos humillemos voluntariamente, pero, ¿ante quién lo haríamos? El ser humano se siente poderoso en la actualidad. Creemos estar en la cima de la cadena alimenticia y que por los adelantos tecnológicos y científicos somos invulnerables. Y olvidamos que somos los más frágiles de la creación, que la furia de los elementos nos doblega, y que no dominamos nada realmente. Sin embargo, estos elementos son controlados por Dios, un Ser divino, que no podemos entender ni explicar, Creador de todo cuanto existe, y en cuyas manos está el poder de vida o muerte. Que podamos llamarle Padre nos hace olvidar la gigantesca diferencia que existe entre el Todopoderoso y nosotros, y pretendemos ser sus iguales. ¿Cómo podemos creernos siquiera parecidos a Él? ¿Qué otra cosa podemos hacer ante este Ser Supremo que humillarnos delante de Su presencia y reconocer su grandeza?
Sin embargo, reconocer que no somos nada delante de Él ni tenemos ningún merecimiento tiene su recompensa. Seremos exaltados por nuestra actitud. Dios detesta a las personas orgullosas, soberbias o arrogantes. Pero se acerca y trata con deferencia y amistad a los que se acercan con un espíritu humilde, haciendo que estos más pequeños sean llamados más grandes en los postreros días.
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