Jesús es el Señor

    “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”

    Romanos 10:9 RVR1960

    Uno de los aspectos más misteriosos y que pueden ser considerados la cúspide de los milagros es la conversión de una persona. Aunque resulta más desafiante para nosotros que un enfermo se cure, que un muerto resucite, que hayan señales visibles en el cielo y la tierra, realmente que alguien se entregue a los pies de Cristo y reestablezca su comunión con Dios es más significativo y tiene mayor impacto en el orden espiritual y terrenal.

    No solo se rompen condiciones espirituales generacionales que atan a las personas al pecado, sino que cambia la naturaleza propia de cada quien, dando la posibilidad de vivir una nueva vida, que transforma todo lo que estaba mal en nosotros, y posibilita la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Cambia nuestra condición de hijos de las tinieblas a hijos de Dios, pero más aún, nos da acceso a la salvación. Lo más sorprendente es que este proceso no requiere de nosotros recursos o sacrificios de animales, ni necesitamos acumular riquezas para pagar tamaño favor. Lo que se requiere de nosotros, nos lo dice Pablo con estas palabras: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo. La confesión verbal es una exteriorización de lo que creemos fervientemente. Confesar ante el mundo y en medio de la persecución que Jesús es Señor de todo cuanto existe, aún de nuestra propia vida y tener la certeza firme de que resucitó de entre los muertos, nos da acceso a la salvación.

    Del mismo modo en que nosotros seamos capaces de reconocer a Jesús delante de los hombres, Él nos reconocerá delante del Padre. Entender que por su resurrección nosotros también seremos resucitados nos da una esperanza y confianza en el poder de lo alto. Solo mediante Cristo y nuestra fe en Sus promesas, proclamadas al mundo, seremos salvos, sin importar la oposición. ¡El Señor te bendiga!

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