La iglesia hacía oración sin cesar

    “Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él”

    Hechos 12:5 RVR1960

    Desde sus mismos inicios, la iglesia ha sufrido persecución. Los cristianos han sido encarcelados, flagelados, ejecutados, pero siempre han tenido como signo distintivo el ir sin rebelión, como corderos al matadero, siguiendo el ejemplo de Cristo. Y los primeros cristianos enfrentaron una crueldad desmedida.

    En el contexto de este pasaje, vemos que el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande e hijo de Aristóbulo, había capturado a algunos cristianos, y decapitó a Jacobo, hermano de Juan. Jacobo era uno de los tres que tenían mayor intimidad con el Señor, y esta fue una gran pérdida para la iglesia. Este hecho causó gran alegría en los judíos, por lo que el rey mandó a apresar también a Pedro, y se proponía ejecutarlo después de los siete días de los panes sin levadura. Puso al apóstol en la cárcel, y a cuatro cuaterniones para que lo vigilaran, cuatro grupos de cuatro soldados, dos para que custodiaran las puertas y dos dentro de la prisión, que lo mantenían con cadenas. Lucas, autor de Hechos de los Apóstoles, relata: así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía oración sin cesar a Dios por él. Era un hecho inminente su muerte. Ya se encontraba encarcelado y fuertemente custodiado, de tal modo que cuatro soldados no lo perdían de vista a ninguna hora del día. Sin embargo, la iglesia, en vez de abandonarse a la desesperación, tristeza o resignación, oró. Fue una oración intensa, ferviente, urgente, prolongada durante los siete días de ázimos, en la que se clamaba e intercedía por el apóstol, no de modo público, pero si en grupos de creyentes en sus casas, todos puestos de acuerdo con un mismo sentir. Y a pocas horas de la ejecución planeada por Herodes, Dios respondió. Un ángel del Señor libró a Pedro de sus cadenas y le sacó de prisión, de una manera tan asombrosa y sin ninguna oposición, que el apóstol llegó a creer que era una visión, hasta que cuando el ángel se apartó de él, se percató que era real y fue a casa de María, madre de Juan, y los que estaban allí reunidos que no podían creer que Pedro estuviese libre.

    Muchas veces escuchamos de misioneros que se encuentran cautivos por llevar el Evangelio de salvación a otros pueblos, o que pastores y ministros serán encarcelados por predicar a Cristo en países en que está prohibido, o escuchamos de que se quiere ejecutar a algún pastor en países musulmanes, o sabemos de nuestros propios pastores que sufren ataques y persecución porque el gobierno no está de acuerdo en que se predique la Palabra de Dios y se hablen de principios bíblicos, aún más, de pastores y cristianos enfermos de la pandemia y al borde de la muerte; cuando esto sucede, hacemos oídos sordos. Pensamos que ya todo está perdido, que no hay nada por hacer. A veces, sencillamente no nos interesa. Pero en el mismo momento en que lo escuchamos, todavía estamos a tiempo. Aún si falta un minuto, si la persona tiene vida, estamos a tiempo de que Dios haga la obra. No podemos seguir impasibles, indolentes y sin que nada nos importe. Es tiempo de unirnos, no en el templo, sino en grupos, como vimos a la iglesia primitiva hacer, que no tenían WhatsApp, ni Messenger, ni Telegram, pero estaban más unidos que si estuvieran todos en la misma habitación. Es tiempo de unirnos e interceder los unos por los otros, de forma urgente, ardiente y sin descanso. Y Dios hará el milagro.

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