“Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas;”
Marcos 11:15 RVR1960
Este segundo día de la semana, Jesús sale de Betania, donde había pasado la noche, y se dirige a Jerusalén nuevamente camino al templo. En sus patios, había mercaderes que vendían bueyes, ovejas y palomas para comodidad de los que venían a ofrecer sacrificio, del mismo modo en que había cambistas de dinero romano en monedas judías, siendo este último el aceptado para los pagos allí. Y este era el ambiente que reinaba en las inmediaciones de la casa de Dios y lo que presencia el Mesías cuando llegó al lugar.
Lo que relata el evangelista, y tiene coincidencia con lo descrito por los otros, es que Jesús expulsó a los que vendían y compraban, volcó las mesas de los que cambiaban y soltó los animales, ahuyentándolos. No había, quizás, nada malo con las mercancías que allí se vendían, pero utilizar este lugar sagrado con ese fin, hizo que la indignación se apoderara de Él y los echara afuera a todos. Este tipo de actividad en un lugar de culto y veneración al Dios del Universo se sentía como una profanación que no se podía tolerar, y este acto y las palabras de Jesús a continuación, al decirles que la casa que debía ser llamada casa de oración a todas las naciones, ellos la habían convertido en cueva de ladrones, intimidó a los comerciantes. Sentía un celo verdadero, un cuidado y atención especial por ese lugar de unión entre lo divino y lo terrenal. Y de este modo debemos verlo nosotros también.
En varios templos en la actualidad, en vez de ministros hay comerciantes. Se comercia con la Palabra de Dios, se cobra por milagros, se pone precio a la sanidad, y se tasan las oraciones. En sus inmediaciones y en sus puertas se vende comida, artículos, ropa, adornos enfocados en los creyentes que asisten a oír la Palabra de Dios y a tener un encuentro con Él. ¿Cómo creen que reaccionaría Jesús si viese esto hoy? ¿No se repetiría la misma escena? Como sus seguidores, debemos abstenernos de frecuentar una iglesia en la que los pastores nos digan que el tamaño del milagro será dependiendo del tamaño de nuestra ofrenda. Debemos evitar llevar cosas a vender en el templo. Hay que ser capaces de separar lo divino de lo terrenal, y aún en el tiempo de la dispensación en el que vivimos, tener reverencia por lo que es pertenencia de nuestro Padre Celestial. Este tipo de comportamiento agradará a Dios.
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