“Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.”
Salmos 119:105 RVR1960
Cuando pequeños la gran mayoría de las personas le temíamos a la oscuridad. El no ser capaz de ver que había alrededor nuestro hacía que saltásemos en la cama ante cualquier ruido, por pequeño que fuera. La noche era el escenario perfecto para hacer cuentos de miedo, para hablar de seres horrendos o fantasmas vengativos.
Cuando crecemos, dejamos de temerle a la oscuridad, pero siempre preferimos ser capaces de ver lo que nos rodea, evitando un accidente o un asalto. Sabemos que las horas de sueño son propicias para que actividades ilícitas sucedan: robos, violaciones, asesinatos, entre otras cosas. Cuando estamos descansando, los malhechores se encuentran buscando brechas para poder aprovecharlas.
Con este trasfondo expuesto anteriormente, no nos resulta agradable hacer un trayecto en penumbras y sin nada que nos ilumine. Y del mismo modo en que nosotros valoraríamos una luz en esas circunstancias, el salmista reconoce la Palabra de Dios como la única forma de ver, como la manera de avanzar sin tropezar, como forma de que caminemos con los pies firmes.
Nuestra vida está en tinieblas cuando no tenemos a Dios. Estamos ciegos a la verdad. Como rayo de sol que sigue a la madrugada más negra es la claridad del Evangelio para los que creemos en Cristo. La lámpara a la que se hace alusión era alimentada con aceite, y el aceite es un símbolo del Espíritu Santo, compañero que resulta imprescindible para no caer víctimas de este mundo que trata de arrastrarnos al abismo profundo, lejos de la presencia del Creador.
¿Quieres que la Palabra de Dios sea lumbrera a tu camino?
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