“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.”
Isaías 55:8 RVR1960
Se escucha con frecuencia que “el hombre piensa según vive” en clara alusión a que la sociedad donde se crece ejerce influencia sobre él. El sistema de valores incorporado, la manera de pensar y asumir las situaciones a las que se enfrenta, la forma de relacionarse con sus semejantes, el tipo de reacción ante determinados estímulos, sus aspectos culturales, gustos y hasta inclinación política o religiosa; todo está influenciado por la región, nivel social y entorno en el que viva.
A partir de las experiencias adquiridas al decursar por la vida se van estableciendo apreciaciones, y modos de conducta, pero también se establecen juicios acerca de las situaciones y eventos a los que se enfrenta uno. Este modo de conducirnos se tiende a generalizar, y en muchas oportunidades creemos que alguien reaccionará de igual manera en que lo hacemos nosotros. Es frecuente que incorporemos a Dios a esto, y creamos que Él piensa de modo similar a nosotros. Vemos en esta porción de Isaías, que Dios dice mediante este profeta: Mis pensamientos no son sus pensamientos, ni sus caminos mis caminos. En el versículo anterior habla de la capacidad de Dios de perdonar a los impíos e inicuos que dejen sus caminos y pensamientos corrompidos. Y es frecuente llegar a creer que hay cosas que hemos hecho que el Altísimo no podrá perdonar, debido a Su santidad, porque nosotros mismo seríamos incapaces de perdonarlo. Sin embargo, se es claro en que nuestro Padre Celestial es abundante en misericordia y perdón, y que no está influenciado del mismo modo en que lo estamos nosotros.
Los pensamientos de Dios son mucho más profundos que los nuestros, y sus caminos más altos que los nuestros. No tenemos modo de saber cómo funciona la mente de un ser tan asombroso, con características sobrenaturales que le permiten la omnipotencia, omnipresencia, y la omnisciencia, entre otras tantas cosas. Lo que para nosotros es imposible, para Él es algo sencillo de hacer. Evitemos restringir a Dios con nuestras limitantes y prejuicios, por el contrario, permitámosle que nos asombre con su poder abrumador y su plan perfecto para nuestras vidas. Creamos en Él.
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