Mostrando el amor de Dios

    “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?”

    1 Juan 3:17 RVR1960

    La pobreza es uno de los males que más está golpeando a la humanidad. Se estima que 1300 millones de personas en el mundo son pobres, en todo el sentido de la palabra, pues no tienen ingresos apenas o carecen de acceso al agua potable, alimentos o electricidad. La situación del coronavirus ha ocasionado que millones de personas pierdan sus empleos y han quedado vulnerables junto a sus familias. Pero también el impacto de desastres naturales y guerras han hecho su parte en agravar el problema.

    Y mientras millones padecen de hambre y necesidad, unos miles continúan enriqueciéndose cada vez más y permanecen impasibles ante la crisis a escala global. Estas personas solo pretenden mantener un status de vida, sus lujos y comodidades, mientras la mayoría a su alrededor sufre.

    Sin embargo, en la iglesia de Cristo también hay indolencia. Hay personas que han logrado hacer grandes sumas de dinero, o quienes sencillamente tienen más de lo que necesitan para cubrir sus necesidades, y callan la voz que les llama a ayudar a los menos favorecidos.

    En este pasaje de la Primera Epístola de Juan, él nos dice que quien tiene bienes y ve a su hermano en Cristo tener necesidad, e ignora cualquier sentimiento que lo mueva a ayudarlo, ¿cómo puede decir que tiene el amor de Dios en su corazón? En el versículo anterior se nos dice que debemos poner la vida por nuestros hermanos, pero si no somos movidos a compasión siquiera, ¿qué se puede esperar de nosotros?

    El mundo que rechaza a Dios sí extiende un dedo acusándolo de no hacer nada, y dudan de Su existencia debido a que estas cosas suceden. Olvidan que Él ha prometido poner un cerco alrededor de los que le aman, no alrededor de cada persona que lo niega. Pero ese mismo mundo también ve a creyentes llenos de bienes y posesiones, mientras las personas que asisten con ellos a los mismos servicios dedicados al Todopoderoso pasan penurias, y juzgan a la Iglesia de Cristo. Es el testimonio de la iglesia universal puesta en duda.

    Debemos recordar que todo cuanto tenemos lo debemos a la misericordia de Dios, a Su provisión y compasión por nosotros, que no merecíamos nada excepto la muerte. Que cada bien y propiedad que tenemos ha sido dada, aún si ha sido generada por el sudor de nuestra frente, y que nuestra mayordomía está siendo puesta a prueba. Cuando nos presentemos delante del Trono, tendremos que responder a la pregunta: ¿qué hiciste con lo que se te dio?

    Cuando sintamos inquietud, y una voz interior que nos mueva a ayudar a los que tienen menos que nosotros, recordemos que si no la escuchamos estaremos callando la voz del Espíritu Santo moviéndonos a una buena acción. Dios espera que paguemos amor con amor, y que sepamos compartir, no de lo que nos sobre, sino de lo que antes nos fue dado por gracia.

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