“Porque no confiaré en mi arco, ni mi espada me salvará.”
Salmos 44:6 RVR1960
Desde los albores de la humanidad se han establecido conflictos armados. Sea por expansiones territoriales, ubicaciones geográficas, recursos naturales, riquezas, siempre ha habido un motivo para declarar la guerra y que los líderes arrastren a sus seguidores a luchar por sus ambiciones. La batalla se gana dependiendo de que tan bien apertrechados estén los ejércitos, organización militar, mejor estrategia, tecnología militar, y número de guerreros.
Solo alguien que ha estado en una guerra sabe el caos que surge en el calor del combate. La experiencia y las habilidades personales pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte, pero también la suerte. Entre tanta confusión, es imposible controlar cada aspecto que sucede en el campo de batalla cuando uno se halla en primera línea, llega el momento en el que ni nuestras armas ni nuestra pericia puede garantizar la supervivencia. El salmista declara: Porque no confiaré en mi arco, ni mi espada me salvará. Reconoce que nuestro equipamiento no necesariamente puede marcar la diferencia, pero incorpora en el versículo anterior a Dios como elemento decisor en el curso de la batalla. Si Dios participa a tu lado en el combate, no importan los ejércitos ni las armas. Él dará la victoria.
Nuestra lucha puede no ser con arcos, espadas, o armas de fuego sino espiritual o psicológica. Puede haber un gran problema que te azota, o quizás una enfermedad, pero no tendremos la victoria si solo contamos con nuestras fuerzas o las tecnologías que proporciona el hombre. Pon tu confianza en Dios, solo Él te puede dar la victoria.
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