Nuevas criaturas en Cristo

    “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”

    2 Corintios 5:17 RVR1960

    Muchas personas cuando se convierten a Cristo, si tuvieron una vida disipada, son frecuentemente cuestionados por quienes los conocían, amistades y compañeros de trabajo.  Frases como: “si tú eres cristiano cualquiera puede serlo”, “ellos no saben quién tu eres”, “los cristianos ya dejan entrar a cualquiera”, y otras en las que aseguran que nada más hay que dar tiempo para que regresen a la vida anterior.

    Puede suceder que entre los cristianos también haya recelos con estos recién convertidos. Muchos ojos se centran sobre ellos, con una crítica siempre lista y un dedo acusador. Y es que Dios puede haber perdonado al pecador, pero frecuentemente el corazón de los hombres es más reacio al perdón y a dar una nueva oportunidad.

    En este versículo de la epístola a los corintios, se habla de uno de los eventos más interesantes que suceden en la vida de un cristiano: la renovación espiritual. Nos dice aquí que si alguien está en Cristo, es una nueva criatura. Que las cosas viejas pasaron y todo es hecho nuevo. Y es así para Dios. Después que los pecados son perdonados, todos son olvidados, el marcador comienza de cero, es como haber acabado de nacer. Nuestro Padre Celestial no va a tener en cuenta qué se hizo antes, porque por la Sangre de Su Hijo Jesucristo, todo ha sido borrado. Es lo que hagamos a partir de ese momento lo que Dios tendrá en cuenta. Está en nuestras manos no regresar a los viejos hábitos mundanos, cuando nos ha sido dada una oportunidad que, si bien no es visible para las personas, desde el punto de vista espiritual, hace que tengamos un sello distintivo limpio y sin manchas.

    Cuando entren recién convertidos a nuestra congregación, recordemos que Dios les ha perdonado, y nosotros no somos nadie para juzgarlos. Recordemos que nosotros también entramos un día así, aunque ahora llevemos muchos años como creyentes. Este es uno de los sucesos más increíbles que tienen lugar en nuestros templos, con impacto en los cielos y la tierra. Hay regocijo con cada conversión, y no permitamos que los recelos nos lleven a blasfemar contra el Espíritu Santo. Más bien alegrémonos porque otra alma ha sido arrancada de las garras del diablo y celebremos haber ganado un hermano o hermana en Cristo.

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