“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.”
Hebreos 13:17 RVR1960
En cualquier área de nuestra vida necesitamos personas que nos guíen adecuadamente y ayude a identificar y corregir lo mal hecho. Cuando niños, lo hacen nuestros padres y maestros; a medida que crecemos, los profesores, y en lo laboral los supervisores y jefes de departamento. En el ámbito espiritual tenemos a los pastores, los cuales guían y cuidan a los feligreses que asisten al templo.
Un pastor debe conocer a su congregación, las particularidades de cada miembro, las dificultades por las que atraviesa y sus debilidades. Esto le permite conformar mensajes y sermones que sirvan de edificación, partiendo de esas mismas características de cada persona. Debe también velar por los riesgos que amenazan a cada creyente, y alertarlos. Pero está en la obligación de corregir el mal comportamiento de ellos. Estas responsabilidades con el cuerpo de Cristo los hace personas que son queridos mientras no reprendan a alguien. Son también blanco de críticas constantes, y están en la vista de todos en la congregación para ver defectos y fallas, llegando a veces a no querer obedecerles. El autor de la epístola a los Hebreos dice: Obedezcan a sus pastores, y sujétense a ellos; porque ellos velan por sus almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no les es provechoso. Y es que los pastores deben depender de Dios, y darle cuentas a Él por la condición espiritual de cada cristiano de su grey. Esta es una profesión de horas de oración y desvelo preocupados la iglesia, por mensajes que edifiquen, intercesión constante, mayordomía por los creyentes a su cuidado, defensa contra los ataques, y es difícil encontrar como agresores también a los que ellos cuidan. Pero no nos conviene ser presentados ante Dios en esta condición, no sea que nuestra actitud haga que el Altísimo castigue nuestros malos actos, y en vez de ser gozo y corona de los pastores, terminemos apartados por ser obstáculos para ellos.
Debemos obedecer a nuestros pastores, apreciarlos y respaldarlos en oración, por la importante tarea que ellos tienen y su impacto en la iglesia. Más que convertirnos en piedra de tropiezo para ellos, debemos tratar de apoyar su ministerio y que sea Dios quien les guíe a ellos, de modo que más que tener descontento con nosotros, seamos su orgullo. ¡El Señor te bendiga!
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