Oración personal

    “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.”

    Mateo 6:6 RVR1960

    Lo que llevamos por dentro, lo que realmente mueve nuestro corazón, de una manera u otra se exterioriza. Quien es un cristiano regenerado lo demostrará a todos, aunque no sea su intención. Pero existe otro tipo de personas, aquellas que no experimentan una relación verdadera con Dios, y aparentan hacerlo.

    En tiempos de Jesús había fariseos, maestros de la ley, que acostumbraban a orar a grandes voces en la calle y en las sinagogas, con el objetivo de que las personas los vieran y se admiraran de sus bellas palabras más que de realmente tener comunión con Dios. De ellos, Cristo dijo que ya habían obtenido su pago. Sin embargo, el Mesías aconseja: Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Independientemente de que hemos catalogado la oración en diversos tipos, ya que en realidad la oración es sencillamente comunicarse con Dios, debe caracterizarse por ser modesta y humilde. Y una oración personal pretende tener intimidad con el Padre Celestial. Allí volcamos nuestro ser delante de Él, nos humillamos, exponemos nuestras debilidades, presentamos nuestros más secretos problemas e inquietudes, aunque solo sea con nuestro pensamiento, porque no necesitamos proferir palabra. Y ahí es donde crece nuestra relación y dependencia con el Altísimo. Y aunque cada momento es oportuno y cada lugar propicio para comunicarnos con nuestro Dios, nuestra oración personal no debe ser a grandes voces, para que todos oigan lo espirituales que somos, porque pierde su razón de ser.

    A lo largo de nuestra vida cristiana, tendremos que interceder por enfermedades y dificultades de nuestros hermanos, por unción y porque sean tocadas las almas, pero eso no puede ser todo. Dios te espera para tener comunión contigo, sin apariencias, sin grandes palabras, solo a ti. ¡El Señor te bendiga!

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