“Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.”
Salmos 37:4 RVR1960
El ser humano tiene disímiles características que lo definen como individuo. Algunas de estas son innatas, otras incorporadas mediante la interacción en la sociedad. Uno de estos rasgos es la competitividad. Comparamos nuestro estado actual con las personas que nos rodean, para de este modo saber si vamos avanzando según lo que definimos partiendo de nuestra apreciación como triunfo, o acorde con nuestras metas en la vida e intentamos rebasar a los que consideramos que nos han superado, o ya alcanzaron el estado que deseamos.
A veces hasta en nuestra vida como cristianos, deslumbrados por las cosas del mundo, nos comparamos con hermanos de la iglesia, o con personas que no se han convertido al Evangelio. Y mientras esto traiga la intención de ser mejores personas, o identificar sanamente qué nos falta, principalmente si nos enfocamos en el modelo de Cristo, está bien. Pero si trae una pretensión malsana de desear o codiciar el bien ajeno, y lejos de hacernos mejorar nos convierte en personas amargadas o envidiosas, es mejor apartarnos y recordar que muchas cosas que creemos que son necesarias son vanaglorias o deseos de exaltarnos a nosotros mismos.
Ciertamente hay cosas que necesitamos. Y aspectos que enmarcan el crecimiento espiritual, intelectual, personal, de habilidades sociales, comunicacionales; y de índole material. Y de cada una de ellas tiene conocimiento Dios. En el Salmo 37, David, rey de Israel, nos habla desde su experiencia de que si pasamos tiempo con nuestro Señor, si realmente llegamos a disfrutar Su presencia en nuestras vidas, si buscamos diariamente pasar tiempo con Él, y llegamos a tener verdadera amistad con nuestro Padre Celestial; Él, por amor a nosotros, nos reciprocará concediéndonos lo que deseamos. Hay una premisa acá: Dios conoce nuestras necesidades, conoce nuestros pensamientos, y como padre que cuida a sus hijos, nos complacerá acorde a lo que sea verdaderamente bueno para nosotros.
¿Y tú? ¿Será que tienes ya una relación con Dios mediante la cual ya se estén concediendo tus peticiones?