Sáname y sálvame, Dios

    “Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza.”

    Jeremías 17:14 RVR1960

    El ser humano padece infinidad de enfermedades, algunas adquiridas externamente, mientras otras son generadas por el propio organismo. Ante algún padecimiento, acudimos al médico con el objetivo de que se diagnostique qué tenemos y recibir tratamiento. Aunque existen medicamentos naturales que pueden resultar inocuos, la gran mayoría de los que nos prescriben tienen reacciones adversas, y a pesar de que pueden ser de corta duración, se establece una valoración de costo-beneficio al decidirnos por un tratamiento a mediano o largo plazo.

    Sin embargo, los medicamentos tampoco son la solución definitiva. Muchas personas han sufrido largas enfermedades, y cuando ya aparentemente han rebasado, surge nuevamente con ímpetu en una nueva región, o en el mismo lugar. Y regresamos a los medicamentos, inyecciones, o procedimientos, manteniendo chequeos periódicos por si acaso. Pero existe una manera de ser curado de una vez y por todas, y la encontramos en este pasaje de Jeremías, que nos dice: Sáname, oh Jehová, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza. Cuando Dios hace una obra, la hace completa y perfecta. No deja nada a medias. Cuando acudimos a Él en busca de sanidad, sin importar qué tan grave es nuestro padecimiento, sin importar que han dicho las personas, no hay enfermedad que prevalezca. Pero también nos salva de la mano de nuestros enemigos, de las acechanzas en contra nuestra, de las amenazas que se ciernen a nuestro alrededor. Más aún, proporciona salvación espiritual, que no seamos esclavos del pecado y que podamos tener vida eterna. Y nuevamente, cuando hace algo, no queda a mitad, sino que supera con creces nuestras expectativas. Y ante esto, solo nos queda alabar Su santo nombre.

    Si tenemos alguna enfermedad o situación, solamente en Dios podremos tener solución perfecta y definitiva. Acudamos a Él, siempre con una alabanza en nuestros labios, porque obtendremos respuesta cada vez que nos acerquemos confiando en Su poder y misericordia. ¡El Señor te bendiga!

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