Sed sobrios y velad

    “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”

    1 Pedro 5:8 RVR1960

    Cuando somos conocedores de que nos asecha un peligro, nos preparamos para enfrentarlo. Sea evitándolo, o tomando las medidas para que haga el menor daño posible, pero si sabemos lo que nos sobrevendrá, es más difícil que nos tome desprevenidos. Y esto es aplicable a cualquier ejemplo que podamos poner, excepto uno: los ataques espirituales.

    La mejor estrategia del diablo es precisamente que nadie hable de él. Existen debates encarnizados acerca de si Dios existe o no, se duda de Su poder, de si Cristo es o no Su Hijo, se cuestiona la veracidad de las Sagradas Escrituras, y cada una de las historias allí descritas, pero nadie aborda el tema de la existencia del diablo. Para el mundo es un tema inexistente, y los que sí hablan de él lo revisten de una fatalidad admirable. Se han hecho series de él, en el que se le llega a tomar afecto y se simpatiza con su desdicha de ser alejado de Dios. Lucifer es, cuando más, un personaje ficticio con el que algunos se identifican, y solo determinadas religiones ocultistas y sectas satánicas reconocen su existencia, pero nunca como enemigo de la humanidad.

    El apóstol Pedro extiende una advertencia urgente sobre los cristianos: estén atentos y vigilantes, porque nuestro adversario el diablo, como un león rugiente, está buscando a quién devorar. ¿Cómo nos devorará? Poniendo tentaciones y placeres mundanos, aquellos que llaman la atención de los inconversos, y que hacen tropezar a los cristianos que no están firmes en Cristo. Y las personas no ven estas tentaciones como amenazas a sus almas, sino como oportunidades a aprovechar.

    Permanezcamos atentos. Satanás (del hebreo שָּׂטָן) significa adversario; diablo (del griego διάβολος) se traduce en acusador o calumniador. Ninguno de los términos refiere que es amigo ni que está a favor de nosotros. Reconocer su existencia y sus estrategias en contra nuestra es la manera de no caer en sus trampas, y la única forma de resistirlo es aferrarnos al Espíritu Santo y al poder divino. Solo así lograremos salvar nuestra alma.

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