“A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.”
Mateo 25:15 RVR1960
Una de las características más interesantes que tienen los seres humanos es que son únicos. Cada individuo tiene rasgos específicos que lo definen y que son diferentes a los del resto, lo cual se puede apreciar en hermanos de mismos padres, y hasta que comparten el mismo saco gestacional. Independientemente de si son gemelos, mellizos, tienen diferencia de edad, sea la circunstancia que sea, adquieren gustos, personalidades y habilidades totalmente distintas uno del otro. Cada una de estas especificidades de cada persona han sido dadas por Dios.
En esta porción del evangelio según Mateo, él relata como Jesús de Nazaret se encuentra hablándoles de las características del reino de los cielos, pero lo hace mediante parábolas, rasgo muy característico de Cristo. Sin embargo, en este versículo dice: A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad y luego se fue lejos. Los talentos (Gr. τάλαντον) eran una unidad monetaria equivalente a 6000 dracmas, o 21 600 gramos de plata. Por eso vemos en versículos posteriores que dos de los siervos pueden invertirlos y recuperar el doble de lo que les habían entregado. Sin embargo, el término talento en la actualidad se refiere a la capacidad intelectual o aptitud que tiene un individuo. Y esto sucede con cada persona, tiene aptitudes o habilidades innatas, dadas por Dios para ser usadas en el ministerio, y han sido dadas conforme a la capacidad de cada uno. Nadie las escoge, ni tiene la posibilidad de cambiarlas. Solo nos queda hacer buen uso de ellas, y emplearlas para lo que Dios nos las dio.
Existen personas como el siervo al que se le dio un solo talento, que no hacen nada con ellas, o las desaprovechan o las usan para su beneficio propio. Otros, entendiendo el propósito con el que el Todopoderoso les entregó los talentos, los ponen en función del ministerio y sirven al pueblo de Dios. Estos son capaces hasta de recibir otros dones mediante el Espíritu Santo, que les ayudan a servir con mayor eficacia. Actuemos como los primeros dos siervos, usando adecuadamente nuestros talentos, para que, al estar ante el Padre Celestial, podamos ser recompensados por nuestro buen servicio y trabajo en favor del reino de los cielos.
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