“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”
Juan 8:12 RVR1960
Es frecuente el uso de un recurso literario al hacer alusión a las personas que no tienen a Cristo en sus vidas. Se suele decir que estas personas están en tinieblas. Hay varias razones para esto, ya que se encuentran inmersos en trampas de demonios, siendo cegados espiritualmente, encadenados por el pecado y sin ser capaces de discernir lo que es bueno para ellos y su familia. Están confiando en el conocimiento adquirido en el mundo, y no logran divisar nada más aparte de esto. Es curioso que precisamente la existencia de estos seres espirituales que ellos niegan son los que los mantienen en el desconocimiento. Para salir de este estado se requiere una solución espiritual: que les ilumine la luz de Jesús.
El Hijo de Dios se encontraba en el lugar de las ofrendas (Juan 8:20 RVR1960), el cual tenía dos faroles colosales de oro, en los cuales se colgaban una multitud de lámparas que se prendían después del sacrificio vespertino, las cuales que difundían su luz que casi alcanzaba a toda la ciudad. Usando este contexto, Cristo dice: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Muchos ejemplos parábolas e ilustraciones de Jesús utilizaban escenas cotidianas, que reflejaban la cultura y costumbres, pero con un marcado sentido espiritual. Este es uno de estos casos. Afirma que seguirlo a Él es tener la luz de la vida, luz que heriría las tinieblas a su alrededor y las personas no vivirían en la oscuridad, y que en Cristo encontrarían la luz del mundo. ¡Cuánta verdad en estas palabras! Porque, aunque los cristianos somos llamados a ser luz del mundo, lo somos porque tenemos la luz de Cristo en nosotros. Él es la luz verdadera.
El único modo de ser libres de la oscuridad que trae a nuestra vida el pecado y la muerte es tener en nosotros la luz de Jesús. Ante Él toda tiniebla se desvanece, caen de nuestros ojos las vendas espirituales y somos capaces de percibir verdades espirituales que antes no comprendíamos. Y entonces somos nosotros los que llevamos a otros la luz de Cristo. No rechaces Su luz, para que les brille a ti y a tu familia, y alcancen la salvación. ¡El Señor te bendiga!
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