“Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho.”
Hechos 27:25 RVR1960
El rostro es una ventana al alma de las personas. Mediante sus expresiones podemos saber casi siempre cómo se sienten con respecto a algo, hasta el punto que aunque estemos acostumbrados a no demostrar nuestros sentimientos, nuestro rostro casi siempre nos traiciona al final. La preocupación, aflicción o desánimo es perceptible por mucho que se intente ocultar.
Pablo había sido apresado y enviado a Roma ante el César para que juzgara su causa debido a la persecución del gobernador Festo, que trataba de congraciarse con los judíos. Debiendo zarpar de Creta rumbo a Roma, la guardia romana decidió abordar una embarcación aun cuando Pablo les aconsejó que no lo hicieran, por el peligro que representaba el clima adverso. Hicieron oídos sordos del apóstol, y se encontraron con una tempestad en el trayecto, contra la cuál lucharon por varios días. Cuando ya los rostros estaban demudados por llevar varios días sin comer y habiendo perdido la esperanza de salvarse, Pablo les habló de una revelación que había tenido en la que se les aseguraba que todos vivirían y solo perderían la nave, pues él debía comparecer ante César. Y, aún sabiendo las amenazas que se cernían sobre ellos, la furia de los elementos, y todo lo adverso, no dudó. La certeza, confianza y fe experimentada en la práctica, le llevó a decirles: Por tanto, varones, tengan buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho.
Muchas veces Dios se nos revela a nuestras vidas en momentos de dificultad, dándonos una solución, mediante la cual podemos dar testimonio de Su poder a otras personas. Y la falta de fe y el miedo nos hacen perder la oportunidad de que otros sean salvos. Pablo no dudó en hablar ni en lo que sucedería y, como le fue revelado, se cumplió. No dudemos nunca de lo que Dios nos dice.
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