“El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo.”
1 Juan 2:6 RVR1960
La manera en que pensamos, o lo que creemos, siempre repercute de manera directa en nuestro comportamiento y nuestro exterior. Cuando somos empresarios, nos vestimos de una manera determinada, mientras que si somos trabajadores de una empresa, vestimos sus colores y uniformes. Si alguien es un budista, es perceptible por su exterior y comportamiento, del mismo modo que un musulmán. Sin embargo, no es así con los cristianos. Puede decirse que en ese sentido tenemos más libertad, pero esta se está convirtiendo en un libertinaje que nos acerca peligrosamente a no estar definidos con nada, y no solo desde nuestra apariencia, sino desde nuestro modo de pensar.
Más que otra cosa, un cristiano debería sentirse orgulloso de lo que es. Somos hijos de Dios, sacerdotes del Altísimo, embajadores del Reino de los Cielos, portadores de buenas nuevas de salvación que atañen a toda la humanidad. Sin embargo, no nos sentimos como tal. No solo no nos puede reconocer nadie como cristianos, porque no existe ninguna identificación exterior, sino que nuestro comportamiento deja mucho que desear a veces. Y más que aparentar algo ante una sociedad o la iglesia, es la transformación interna genuina la que nos lleva a querer apartarnos del mal, de hacer las cosas diferente, y querer agradar a Dios. Juan enfatiza, hablando de Cristo: El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo. Y es que realmente muchos afirman ser cristianos, y tener una buena relación con Dios, pero solo asisten a la iglesia un día, sin tener verdadera comunión con el Todopoderoso. Pero queremos tener todos los beneficios, ser escuchados, orar por los enfermos y que sanen, y más aún, ser salvos. Olvidamos que Cristo oró al Padre, que se mantenía en comunión, que obedecía, y se sometía a la voluntad del Altísimo.
Para poder verdaderamente permanecer en Cristo, debemos hacer las cosas que Él hizo en Su relación con el Padre y los hombres. Debemos dejar a un lado el ego y buscar el rostro de Dios, someternos a Su Voluntad y tratar de seguir los pasos de Jesús. De este modo, será reconocible en nosotros nuestra identidad como cristianos. ¡El Señor te bendiga!
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