“Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo.”
Salmos 37:8 RVR1960
La ira, el enojo o enfado son reacciones emocionales que se producen cuando se considera que existe o va a suceder un resultado negativo para los intereses o expectativas de la persona, que se podrían haber evitado si alguien los hubiera tenido en cuenta o hubiese actuado de manera diferente. Está demostrado que, bajo los efectos de la ira, el cerebro disminuye elementos de mesura y raciocinio normales, y se enfoca más en sentimientos de furia con respuesta fisiológica en el sistema nervioso, sistema endocrino, aumento de la activación muscular y respuesta motora, generando agresividad.
Cuando se deja que la ira tome el control de nuestras emociones frecuentemente, puede conducir a enfermedades, aumento de la tensión arterial, problemas cardíacos, desórdenes digestivos, gastritis, dermatitis, desórdenes en el sistema inmunológico, entre otros. El salmista aconseja: Deja la ira, y desecha el enojo; no te excites en manera alguna a hacer lo malo. Y es que cuando nos dejamos dominar por estas emociones, no medimos las consecuencias de nuestros actos, ni hacia quien dirigimos nuestro enojo, pudiendo llevar a daños irreversibles, no solo para otros, sino para nosotros también.
Dios nos llama a tener paz, no solo por guardar nuestro testimonio cristiano, sino también para prolongar nuestra salud. Hacer el mal a otros, traerá esto mismo sobre nosotros. La ira y el enojo no nos permiten pensar con claridad, y esto puede escalar con facilidad a un conflicto de mayor envergadura. Roguemos a Dios la posibilidad de controlar nuestro carácter, que nos dé dominio propio y que esté trayendo benignidad y mansedumbre ante cualquier situación que nos afecte negativamente. Solo así será evidente nuestra relación con el Altísimo y nuestra transformación espiritual.
#DejaLaIra, #DesechaElEnojo, #MinutosConDios, #ReflexionesDiarias